El Comunista, el Tigre, la Paloma y el Matemático
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Este año el zoológico electoral colombiano exhibe una fauna particularmente abundante. Dentro de ese teatro nacional, Iván Cepeda ocupa un lugar singular. Muchos lo observan con ese temor casi religioso que despiertan los viejos demonios ideológicos. Basta pronunciar su nombre y la imaginación colectiva comienza a trabajar por sí sola: expropiaciones, largas filas, escasez, banderas rojas ondeando sobre el Palacio de Nariño y una nueva Venezuela descendiendo lentamente sobre el trópico.
“El Tigre” ruge y advierte que “hay que salvar la patria”. La escena se repite con puntualidad casi litúrgica. Ayer el Petro-chavismo: Petro como el supuesto títere de Timochenko. Mañana, cualquier nueva encarnación de la bestia roja. El comunismo colombiano parece poseer una cualidad singular: siempre está a punto de llegar; nunca termina de aparecer.
La escena posee algo más que un elemento ridículo: posee ironía histórica. Colombia ha sido durante más de un siglo quizá el país más conservador y políticamente más inmóvil de América Latina. Sus estructuras sociales, económicas y regionales han demostrado una notable capacidad para absorber, neutralizar o ralentizar cualquier intento de transformación social profunda. El gobierno Petro tiene de comunista lo que el papa tiene de ateo. Y cuando las reglas institucionales han sido verdaderamente tensionadas, las amenazas han provenido precisamente de quienes advertían la inminente llegada de la bestia roja. Conviene recordar de qué orilla política surgió el único presidente reciente que modificó la Constitución para habilitar su propia reelección y que probablemente habría intentado hacerlo una vez más si la Corte Constitucional no hubiese intervenido a tiempo.
Y, sin embargo, el fantasma persiste. Como ciertas figuras religiosas o ciertos demonios medievales, parece existir menos como realidad política que como presencia escatológica. Los fantasmas poseen una ventaja singular: quienes viven........
