El informe Pisa (II)
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Decíamos la semana pasada, entre otras cosas, que a las pruebas Pisa se les pueden hacer muchos reparos. Técnicos e ideológicos.
Entre los primeros se podrían mencionar la falta de contexto de las pruebas, pues suelen ser preguntas abstractas; el criterio de selección de la edad de los participantes, que es de 15 años sin importar el grado que estén cursando; preguntar qué tanto y por qué las muestras pueden ser representativas de un país, que se aplican cada tres años y aleatoriamente. En fin.
Y en cuanto a los segundos, que son un instrumento guiado por un grupo de países (la OCDE) que representa a un tipo de sociedad que valora…
Y en cuanto a los segundos, que son un instrumento guiado por un grupo de países (la OCDE) que representa a un tipo de sociedad que valora solo unas cosas y desconoce otras, y que existe una soberbia homogeneización al practicar una prueba igual para individuos tan diversos, y que la mayoría de los países bajaron sus puntajes. Lo que quieran. Todo eso y mucho más. Sin embargo, estos y otros muchos reparos que se pueden esgrimir, algunos más sólidos que otros, corren, a mi juicio, el riesgo de tender un autocomplaciente manto de confusión que oculta una de las causas claves del problema: los maestros.
El informe Pisa aporta información valiosa para volver a pensar la educación desde una perspectiva que abandone la clásica letanía a la que, para el caso de nuestro país, nos tiene acostumbrados el sector. El público y el privado. No se trata de mirar para otro lado. Se trata de ser autocríticos. Que hay muchos estudiantes por salón, que nos faltan recursos pedagógicos y materiales de enseñanza, que las familias muchas veces son un obstáculo para nuestro rol de educadores, que tenemos dobles jornadas, que tenemos muchas horas de clase a la semana, que el sueldo no nos alcanza, que hoy los estudiantes no quieren........
