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Corazón tan blando

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27.04.2026

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No soy bueno para quitar el cuerpo cuando me piden dinero. He salido a mi madre. Tengo el corazón tan blando y la billetera floja. Como el dinero que poseo me ha sido legado en improbables herencias familiares, me gusta compartirlo con quienes más lo necesitan, a modo de agradecimiento porque mi vida ha sido bendecida por la fortuna. Sin embargo, no siempre es fácil distinguir entre quienes merecen una donación y quienes se aprovechan de mi nobleza.

El año pasado me escribió un correo electrónico un señor llamado Leandro. Es muy fácil conseguir mi correo; lo tienen mis amigos y mis enemigos, es de dominio público. A ese buzón escriben personas pidiéndome dinero, algunas en calidad de préstamo, otras como donativo sin retorno. Por lo general, los pedigüeños alegan razones urgentes de salud. Si no conozco a quienes procuran darme un sablazo, me inhibo, no respondo. Si donase alegremente a tantos pedilones desconocidos, algunos pasando penurias, otros procurando timarme, abusando de mi buena fe, me quedaría sin plata. Pero Leandro capturó mi atención cuando me contó, en ese correo inaugural, presentándose, que había sido, durante diez años, mayordomo de Bobby, el hermano de mi madre Dorita, fallecido hace tres lustros.

Bobby Lerner era el personaje de mayor riqueza literaria y grandeza intelectual en la familia. Extravagante, afilado, burlón, Bobby, a quien yo llamaba el tío Bobby, amaba a los hombres, al mar y al dinero, aunque no necesariamente en ese orden, y supo amasar una fortuna como dueño de minas en los Andes. No solo era rico desde el punto de vista literario, también lo era porque había forjado un imperio colosal y vivía sentado sobre muchos millones. No por ser tan acaudalado era desprendido con su dinero. Bobby Lerner no era como yo, de corazón tan blando y billetera floja, él no compartía su riqueza con los sableadores y sacacuartos de este mundo, y cuando le pedí un préstamo para mudarme a Austin, Texas, a escribir una novela, me mandó al carajo entre risotadas, y cuando me pidió en carta manuscrita que no publicase mi primera........

© El Espectador