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Las cosas atroces que a nadie le importan

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La primera vez que fui a Cuba fue hace casi 50 años, en 1978; la última, hace más de un cuarto de siglo, en el 2000. A los veinte años el experimento castrista me parecía al mismo tiempo interesante y desesperante. Con el apoyo de la Unión Soviética podían hacer cosas en salud y educación que valían la pena, pero la situación general de los derechos fundamentales era inaceptable. A los cuarenta, cuando tuve el desagradable privilegio de conocer a Fidel Castro, el régimen cubano mostraba su peor cara: era ya un Estado policial represivo e inhumano. No me creía el cuento ni la disculpa perpetua de que todas las carencias de Cuba obedecían al bloqueo del imperio. El fracaso era interno y nunca lo reconocieron; todavía el régimen no lo reconoce y se amarra al poder para cuidar el negocio privado de unos cuantos familiares de Castro y funcionarios y militares del aparato estatal. Un asco.

Una vez dicho esto, ahora hay que decir que el bloqueo........

© El Espectador