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CERAWeek 2026: La seguridad energética contraataca

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09.04.2026

Durante años, el debate energético global se apoyó en una gran promesa: una transición ordenada hacia un sistema más limpio. En CERAWeek 2026, la conferencia energética más influyente del mundo, celebrada del 23 al 27 de marzo en Houston, esa promesa no desapareció, pero sí quedó desplazada por una realidad más dura.

La gran cuestión ya no es solo cómo descarbonizar, sino cómo garantizar energía suficiente y asequible en un mundo marcado por una demanda creciente, cadenas de suministro poco diversificadas, rivalidad geopolítica y una infraestructura que tarda demasiado en llegar. A ello se suma el auge de la inteligencia artificial y de los hyperscalers, cuyo apetito energético está incrementando la escala del desafío.

Si el año pasado ya se intuía un giro hacia el pragmatismo, esta edición lo confirmó. El tono dominante no fue ideológico, sino estratégico. La narrativa ha pasado de la transición a la expansión, de la aspiración a la ejecución. El mundo necesita más electricidad, más combustibles, más redes, más almacenamiento y más resiliencia. La descarbonización no desaparece, pero empieza a medirse junto a conceptos claves como seguridad, asequibilidad, competitividad industrial e interés nacional.

Más allá del shock inicial de la guerra en Irán, inquieta la duración de la disrupción. Una crisis breve podría absorberse; una prolongada tendría efectos mucho más profundos sobre petroquímicos, alimentos, transporte, inflación y crecimiento. El estrecho de Ormuz reapareció como recordatorio de hasta qué punto la economía mundial sigue dependiendo de corredores físicos frágiles. Así, la energía regresa a situarse en su forma más básica: una cuestión de vulnerabilidad y poder.

Por ello el sistema energético global se está fragmentando. La vieja idea de que la energía comerciada globalmente es intrínsecamente segura deja paso a una preferencia por producción doméstica, diversificación de suministros y reservas estratégicas. La redundancia deja de ser ineficiencia y pasa a ser prudencia. Pero tiene un coste: un sistema más resiliente es también más caro.

Para Europa, esta nueva etapa es especialmente incómoda. Ha hecho de la descarbonización una seña de identidad, pero parte con desventajas: dependencia de importaciones, altos costes energéticos, fragmentación y presión industrial. Lo que se percibe no es un rechazo a los objetivos climáticos europeos, sino el reconocimiento de que ya no pueden perseguirse al margen de la competitividad y de la seguridad energética.

Estados Unidos parece mejor posicionado. La abundancia de recursos y capital junto al liderazgo tecnológico le dan más margen, especialmente ante la demanda asociada a la inteligencia artificial (IA) que ha dejado de ser un tema secundario para convertirse en una cuestión energética. Los hyperscalers son ahora actores centrales porque los centros de datos están generando enormes necesidades de electricidad, mientras la infraestructura avanza mucho más despacio que el capital digital.

Por eso, el debate debe ser menos sobre qué tecnología debe imponerse y más sobre cómo construir suficiente de todo. La fórmula dominante es all of the above. Renovables, baterías, gas natural, nuclear, geotermia y otras tecnologías tienen su papel. La transición deja de ser sustitución para convertirse en suma: la demanda crece demasiado rápido para depender de una sola solución.

En este marco, las renovables amplían su papel. Ya no son solo una solución climática, sino un activo estratégico. Pero su valor depende de que puedan ir acompañadas de almacenamiento, redes y flexibilidad. El gas natural sale reforzado: más que un combustible puente, empieza a verse como un pilar del sistema, en un contexto de oferta restringida y mayor riesgo geopolítico. El gas natural licuado (GNL) estadounidense gana relevancia, mientras Europa sigue dependiendo del mercado global y Asia confirma su vulnerabilidad regional. La energía nuclear gana credibilidad como solución para la próxima década, aunque sus costes y plazos siguen siendo un obstáculo. Pero todo ello choca con un mismo límite: la infraestructura no avanza al ritmo de la demanda. En muchos países, la burocracia, sobrerregulación y litigación se han convertido en un freno creciente.

En este sentido, el mensaje central es el fin de cierta inocencia. La transición no desaparece, pero deja de imaginarse como un proceso lineal. Ahora es más compleja, desigual y geopolítica. La IA y los hyperscalers no solo aumentan la demanda; también empiezan a formar parte de la solución, aportando capital y nuevas herramientas para optimizar el sistema. Por momentos, Houston se pareció menos a una conferencia sobre energía y más a una sobre poder. La transición no ha quedado enterrada. Pero sí la idea de que podía hacerse sin costes, sin tensiones y sin geopolítica. En este escenario, la seguridad energética contraataca y vuelve al centro del sistema.

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