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La ilusión de la información gratuita

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06.04.2026

Garret Hardin publicó en 1968 en la revista Science un artículo que se convirtió en un clásico del pensamiento económico: La tragedia de los bienes comunales. Recuperando una idea planteada un siglo antes por el matemático y economista William Forster Lloyd, Hardin describió cómo una sociedad puede acabar destruyendo un recurso valioso, aunque todos los individuos actúen de forma aparentemente racional.

El ejemplo era sencillo. En un pequeño pueblo, varios ganaderos llevan a pastar a sus animales a un prado comunal. Cada uno decide añadir una cabeza más de ganado. Y luego otro. Y después uno más. Nadie actúa con mala fe. Nadie parece estar infringiendo ninguna norma. No hay grietas morales ni jurídicas. Pero el resultado final es previsible: poco a poco el prado se degrada hasta quedar inutilizable.

La percepción equivocada de que algo es gratuito e ilimitado hace que se acabe explotando sin precaución hasta agotarse.

Algo parecido está ocurriendo con la prensa de calidad.

Durante décadas, el acceso a la información tenía una lógica económica clara. El lector compraba su periódico o se suscribía a un medio. Había una relación directa entre el coste de producir información y el ingreso que permitía financiarla. Los periodistas trabajaban las informaciones durante días o semanas, cuidaban sus fuentes y se especializaban en sectores o formatos determinados.

Internet alteró ese equilibrio. La tecnología creó la ilusión de que la información profesional era un recurso ilimitado y de acceso y uso gratuitos. Ante el imparable avance de las versiones en línea y la reducción de venta de periódicos en papel, los grupos editoriales buscaron distintas fórmulas y encontraron en la publicidad, temporalmente, el único retorno. Y los ciudadanos empezamos a acceder a innumerables recursos que antes parecían inalcanzables. Y comenzamos a utilizarlos un poco, luego más, y después un poco más. Artículos que se copian en informes, contenidos que circulan por redes sociales, noticias que se comparten en newsletters, un resumen de prensa (clipping) que se distribuye entre los clientes y en la intranet, unos "recortes" que se envían por correo electrónico o se comparten en LinkedIn. Cada uso individual parece inocuo. Cada decisión resulta racional. De nuevo, no suscita graves impedimentos morales. Y, por desconocimiento, no parece presentar problemas legales.

Pero la información rigurosa no surge espontáneamente. Requiere periodistas y editores, y estructuras empresariales capaces de sostener ese trabajo durante años. Si los contenidos periodísticos se utilizan como si fueran un recurso gratuito e infinito, el sistema que los produce empieza a deteriorarse.

Curiosamente, cuando se pregunta a la sociedad sobre el asunto de manera general, una amplia mayoría de ciudadanos opina que es incorrecto plagiar contenidos, reutilizar artículos sin autorización o copiar publicaciones sin compensar a autores y editores. La paradoja es que, pese a esa conciencia general, la digitalización ha normalizado comportamientos que hace apenas dos décadas habrían resultado impensables.

En términos económicos, como pone de manifiesto el Observatorio de la Cultura Escrita que elabora CEDRO cada año, algunos expertos describen hoy los contenidos editoriales (libros, revistas o periódicos) como un "bien de mérito", un activo que genera beneficios colectivos para la sociedad, desde el pensamiento crítico hasta la calidad del debate público. Su sostenibilidad no depende solo de los medios que los producen, sino también del uso responsable que hacemos de ellos. No se trata únicamente de una cuestión jurídica, sino de conciencia colectiva.

La prensa de calidad no desaparecerá por un colapso repentino. Las redes sociales, la inteligencia artificial, los bulos y la desinformación afectan de diferentes maneras a nuestro periodismo, como lo hace la jibarización de las redacciones o el intrusismo profesional. Pero si la prensa de calidad desaparece, lo hará poco a poco, mientras cada uno de nosotros piensa que su pequeña decisión no tiene consecuencias. Algunos opinan que este proceso ya ha comenzado. Cuando nos queramos dar cuenta, nuestro ganado ya no tendrá un prado donde pastar.

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