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Amar a mi perro es ser responsable de lo que hace

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06.06.2026

Hoy escribo con el corazón partido en tres. Por un lado un niño lesionado en su carita, en el otro un animalito preso alejado de su familia y en el tercer extremo un tutor sufriendo, lleno de culpa y temeroso de perder a su amigo de 4 patas. El dolor físico provocado por la mordedura de un animalito doméstico es solo la superficie de una crisis mucho más profunda y duradera. Cuando ocurre un evento como el ataque de Sasha (un perrita que esta semana mordió a un menor en la vía pública), las ondas de choque emocionales se extienden en múltiples direcciones, fragmentando la estabilidad psíquica de todos los involucrados.

Más allá de los reportes médicos y las actas administrativas, se esconde un complejo entramado de traumas silenciosos: el pánico de la pequeña víctima, el sufrimiento por separación de un animal que no comprende el encierro y la devastadora culpa de su “tutor”, que enfrenta la posibilidad de perder a su compañero de vida.

Para un niño, el ataque de un perro representa una ruptura drástica y violenta de la seguridad de su entorno. Puede leerlo como el fin de la creencia de que el mundo es un lugar predecible y seguro. El impacto psicológico inmediato es el Trastorno de Estrés Postraumático. Un menor que ha sido mordido,........

© El Diario