Amar a mi perro es ser responsable de lo que hace
Hoy escribo con el corazón partido en tres. Por un lado un niño lesionado en su carita, en el otro un animalito preso alejado de su familia y en el tercer extremo un tutor sufriendo, lleno de culpa y temeroso de perder a su amigo de 4 patas. El dolor físico provocado por la mordedura de un animalito doméstico es solo la superficie de una crisis mucho más profunda y duradera. Cuando ocurre un evento como el ataque de Sasha (un perrita que esta semana mordió a un menor en la vía pública), las ondas de choque emocionales se extienden en múltiples direcciones, fragmentando la estabilidad psíquica de todos los involucrados.
Más allá de los reportes médicos y las actas administrativas, se esconde un complejo entramado de traumas silenciosos: el pánico de la pequeña víctima, el sufrimiento por separación de un animal que no comprende el encierro y la devastadora culpa de su “tutor”, que enfrenta la posibilidad de perder a su compañero de vida.
Para un niño, el ataque de un perro representa una ruptura drástica y violenta de la seguridad de su entorno. Puede leerlo como el fin de la creencia de que el mundo es un lugar predecible y seguro. El impacto psicológico inmediato es el Trastorno de Estrés Postraumático. Un menor que ha sido mordido,........
