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La última y nos vamos

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25.07.2026

Hace treinta días comenzó esta serie de columnas desde Sevilla, España, durante ese tiempo hablamos de libros, de largas sobremesas y de esas conversaciones que, sin proponérselo, terminan moviendo más preguntas que respuestas, mi intención nunca fue convencer a nadie, me habría conformado con algo más modesto: provocar una pausa en medio de la rutina para pensar un poco.

Hoy quiero cambiar de tema, no habrá filosofía, aunque, seguramente, terminará apareciendo, tampoco citaré algún artículo científico, la historia de esta semana es mucho más cercana, de hecho, la conozco desde hace cuarenta y dos años porque me ocurrió a mí.

Tenía doce cuando conseguí mi primer trabajo, vendía productos lácteos que cruzaban la frontera por la vía de la fayuca, antes de que algún lector especialmente celoso del orden jurídico decida presentar una denuncia, permítame tranquilizarlo, el delito prescribió hace tantos años que, si todavía existiera, ya habría recibido un homenaje por servicios prestados a la economía fronteriza. Además, uno estudia Derecho para muchas cosas, entre ellas, para saber cuándo ya puede contar esas cosas sin necesidad de prmover un amparo.

Aquellas madrugadas ibamos a El Paso y cruzabamos por la mañana mi madre, hermana y yo, con queso, mantequilla, leche, entre otras, fue ahí, escasos doce años que, antes de aprender el valor del dinero, aprendí el valor del cansancio, descubrí que cada billete escondía horas de trabajo y que el esfuerzo tenía un precio, aunque no siempre el nás razonable o justo.

Fue entonces cuando apareció una pregunta que, con distintas palabras, me sigue acompañando hasta hoy: ¿cómo se construye una vida laboral? Nací y........

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