Una revolucionaria en la frontera
Era tan solo un periodista novato viajando en tren con rumbo a El Paso, Texas. Me esperaba un largo viaje hasta la Ciudad de México, apenas llegaba a la mitad de mi recorrido o al menos eso pensaba aquel 12 de marzo de 1910. Había estado por algunos meses en ciudades americanas trabajando para pequeños periódicos. Mi intención era ahorrar y aprender algo del negocio y tal vez de inglés. Sin embargo, después de unos ocho meses ya era tiempo de tocar nuevamente el suelo de mi patria y tal vez con los dólares ganados poner mi propia imprenta, aunque serían fáciles con la censura del gobierno. De eso me preocuparía después, por lo pronto estaba cómodamente descansando cuando escuché tras la ventana un bullicio. Estábamos en la estación.
Me dispuse a tomar mi valija donde cargaba unos tres cambios de ropa y libretas repletas de notas. Al llegar a la salida del vagón caí en cuenta que el ruido provenía de una marea de voces. Aquella escena me pareció impresionante pues quién más si no alguien importante se esperaba que bajara. La gente cargaba pancartas que vitoreaban a la clase trabajadora, incluso un par de banderas rojas ondeaban por encima de todo. Un lienzo enorme daba la bienvenida a Emma Goldman. De pronto, una corriente de aplausos me hizo voltear a mi derecha donde vi salir del coche a esa mujer tan esperada.
Eran esos años en la Escuela Nacional Preparatoria cuando nos arremolinábamos un grupo de compañeros en un pequeño café cerca del zócalo para un círculo político de discusión. Entre teoría política, ensayos y arrebatos juveniles escuché por vez primera de Marx, Kropotkin y Luxemburgo. Fue así que tuve mis primeros contactos con las ideas revolucionarias y de progreso social. Parecía que con la cabeza llena de esas ideas podríamos emancipar a las clases oprimidas y despertar al monstruo de la historia de su letargo. Tal vez por eso escogí el periodismo, con mi aun prematura idea soñaba con vociferar los logros que la clase trabajadora fuera obteniendo. Aunque en este país donde la Constitución sirve de pisapapeles todavía me veía lejos.
Esa lejana memoria me poseyó cuando observé el puño alzado y mirada confiada de la mujer que era recibida en la orilla del país capitalista por excelencia. De pronto el proletariado salió de aquel ideal que vivía en mi cabeza para convertirse en una hidra frente a mis ojos. Ante aquella escena mis instintos de reportero me hicieron tomar lápiz y papel y tomar nota de cada detalle. Por ahora debía averiguar qué estaba haciendo una revolucionaria anarquista en ese territorio lejano.
Emma contaba con 41 años y desde la adolescencia se interesó por las ideas anarquistas que desafiaban el poder del Estado, como alternativa se encontraba la lucha colectiva y organizada desde las clases bajas. Además, entendía muy bien las violencias estructurales que vivía como mujer, por ello pregonaba en cada plaza por libertad sexual y política que debían conquistar. Sus ideas fluían en un centenar de periódicos y volantes que esperaban concientizar a la clase obrera internacional. Ávida por los libros siempre llevaba uno para no aburrirse por si la cárcel se convertía en su habitación nocturna. A pesar de ello no desistía en alborotar a las multitudes.
Seguí a las banderas rojas que escoltaban a la revolucionaria hasta una de las plazas principales de la ciudad. Un templete se encontraba listo mientras la gente abría paso a Goldman quien avanzaba con paso firme al ritmo de las consignas. Junto con ella observé a un paisano que se encontraba en el exilio, Ricardo era su nombre y lo conocí hace unos años en una reunión en la Ciudad de México. Emma tomó la palabra y el silencio hizo espacio al llamado a luchar contra la opresión. Al día siguiente los periódicos repudiaron a esa mujer de espíritu indomable que solo buscaba una mejor humanidad. Quién sabe si en unos cien años los titulares cambien, por mientras yo ya no seguiría a la capital.
