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Cuentos para volar por la historia: Primer día de clases

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23.02.2026

Los muchachos apenas alcanzaron el dintel de la puerta antes de la primera campanada de entrada. En el salón, con un olor a pintura fresca, se dispusieron a tomar los pupitres nuevos hechos casi a su medida. La emoción era incontenible y las risas juguetonas parecían provenir de los muros de adobe, como si aquella aula tuviera vida propia. De pronto, tres hombres entraron provocando el silencio con su sola presencia. Los mozos prestaron una atención impresionante, como si de una herencia se tratara. La palabra fue tomada por el caballero de en medio con bigote muy bien peinado y traje impecable. Su expresión de una serenidad amigable les dio la bienvenida a su nueva escuela.

Durante esa primera jornada matutina pudieron verificarse las clases de Español, Aritmética e Instrucción Cívica. Uno a uno fueron pasando los profesores que plasmaron en tiza el rumbo que tomaría el curso durante todo ese año. Entre clases los novicios aprovechaban para conocerse entre ellos empezando con las bromas y los apodos que quedarían con tinta indeleble por el resto de su estancia. Poco más de quince estudiantes eran los encargados de inaugurar el año, por lo que de ahora en adelante debían a empezar a tenerse cada vez más confianza.

En la Dirección las cosas iban con menos jugueteo que en los salones, pues entre tanto papel administrativo se debía poner prisa a los trámites de quienes apenas habían logrado entregar su papelería unos días antes. Sin embargo, la asistente parecía tener ese atolladero de pendientes domado. Mientras tanto quienes fungían como Director y Subdirector se encontraban en la oficina cual estrategas de guerra, planeando el primer año escolar. Sobre todo, teniendo en mente cómo aumentar la matrícula de su querida institución, pues lo necesitarían para sobrevivir el primer año y saldar sus deudas.

Aquellos directivos eran más que burócratas de la educación, eran soñadores que habían puesto su fe en un proyecto en el que ni un ludópata apostaría, aunque fuera su última opción. Enseñar agricultura era su deseo y necesitaban de una escuela como la que estaban poniendo en pie y que apenas cumpliría veinticuatro horas de nacida. Para tarea titánica su amistad y su sociedad de negocios los respaldaba, pero sobre todo el ser hermanos. El mayor y director de la escuela era un poco más calculador que el menor, quien tenía un espíritu de poeta. No obstante, ambos eran grandes científicos de la agricultura.

Llegada la hora del almuerzo los muchachos se dispusieron en el comedor, sala y cocina de la casa de los directores. Ese sería el lugar provisional hasta que la escuela tuviera su espacio propio, digno de estudiantes de agronomía. Por la comida no se podía poner un pero, ya que era la propia madre de los directores quien tomó la batuta. Ya que esa buena señora entendía muy bien que las letras con hambre no entran. Cuando los platos de sopa con arroz fueron servidos aquellos estudiantes casi muerden el plato del hambre que les provocó el estudio de la mañana. Y fuerzas tendrían que tener para su tiempo de ejercicio que cumplirían en la tarde.

Aquella buena mujer dedicaba su ida a la enseñanza de los más pequeños y ahora también a apoyar la escuela de sus hijos y a todos sus estudiantes quienes no dudaron en apodarla pronto como Mamá Nina. Algunos de esos jóvenes provenían de familias muy pobres y la educación parecía la única salida para tener algo de sustento en su porvenir una vez que tuvieran su título de Agrónomo.

Las campanadas finales inundaron el viento y con ellas cayó el peso de las esperanzas de dieciocho estudiantes sobre los hombros de Rómulo y Numa Escobar, sabiendo que su destino no les permitiría dar un paso atrás. Así fue el primer día de la Escuela Particular de Agricultura un 22 de febrero hace 120 años.


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