Mi Juárez, entre la herida y la resiliencia
Durante años he escuchado que Ciudad Juárez sólo puede contarse de dos maneras: como una ciudad marcada por la violencia o como un ejemplo admirable de resiliencia. Parece que no hay punto intermedio. O somos herida abierta o somos hazaña de superación. Y, aunque ambas narrativas contienen algo de verdad, cada vez me pregunto más qué nos está haciendo vivir atrapados entre esos dos extremos.
Cuando insistimos en narrarnos desde la violencia, no sólo recordamos el dolor; también lo convertimos en identidad. La violencia deja de ser un episodio histórico; grave, complejo, que debe analizarse con responsabilidad. Se vuelve una especie de apellido permanente. Entonces la ciudad no es lo que hace hoy, sino lo que sufrió ayer. Y eso pesa mucho. Pesa en la forma en que nos miramos, en cómo nos perciben desde fuera y, sobre todo, en cómo imaginamos nuestro futuro.
Pero el otro extremo tampoco es nada inocente. La narrativa de la resiliencia, repetida una y otra vez, puede terminar siendo una exigencia moral. “Juárez es fuerte”, “Juárez no se raja”, “Juárez aguanta vara”. ¿Y si alguien está cansado? ¿Y si no todos quieren ser héroes todos los días? Convertir la resistencia en identidad también puede ser una forma de presión colectiva. Es como si no tuviéramos derecho a la fragilidad, al enojo o al desencanto.
Me preocupa que estas dos formas de contar la ciudad, una la herida y la otra épica, terminen simplificando algo mucho más complejo. Juárez no es sólo violencia, pero tampoco es únicamente superación. Es una ciudad con rutinas, con padres que llevan a sus hijos a la escuela, con jóvenes que sueñan con irse o con quedarse, con trabajadores que cruzan la frontera al amanecer, con personas que simplemente quieren vivir en paz. Sin embargo, esas historias cotidianas casi nunca se convierten en narrativa dominante.
El discurso público no es neutro. Las palabras que repetimos terminan construyendo realidad. Si decimos constantemente que vivimos en una ciudad rota, empezamos a actuar como si estuviera condenada. Si repetimos que somos inquebrantables, tal vez dejamos de exigir cambios estructurales porque “hemos podido solos”. En ambos casos, el relato moldea nuestra manera de habitar el espacio.
He pensado que quizá necesitamos otra conversación. Una que no niegue el pasado, pero que tampoco lo convierta en destino. Una que reconozca la capacidad de resistencia sin romantizar el sufrimiento. Una que permita decir: hemos pasado momentos muy duros y, al mismo tiempo, tenemos derecho a aspirar a algo más que sobrevivir.
A veces me pregunto qué pasaría si empezáramos a narrar Juárez desde la dignidad cotidiana. Desde la responsabilidad compartida. Desde la exigencia democrática. Tal vez cambiaría la forma en que participamos en lo público. Tal vez dejaríamos de ver la corrupción como algo inevitable o la inseguridad como un ciclo interminable. Tal vez nos asumiríamos no sólo como sobrevivientes, sino como ciudadanos.
No se trata de negar la historia. Se trata de no permitir que nos defina por completo. Porque cuando una ciudad sólo se cuenta desde el trauma o desde lo épico, sus habitantes quedan atrapados en una identidad estrecha. Y una comunidad que no puede imaginarse de otra manera termina limitando su propio horizonte.
La pregunta, entonces, no es sólo cómo es Juárez. La pregunta es cómo decidimos contarla. Y, sobre todo, qué tipo de ciudad estamos construyendo cada vez que repetimos su historia.
