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Casa Rosalía

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29.03.2026

Son las nueve cuarenta de la mañana en la terminal dos. La Ciudad de México se mueve al ritmo del caos. El aeropuerto está en remodelación. Como una caja china, hay caos dentro del caos. En la media luna de la rotonda espero el auto. Las ciudades tienen un olor particular: algunas a hierbas, otras a azufre. La capital tiene un penetrante olor a piedras; es difícil explicarlo, pero desde el primer contacto salta a los sentidos. Huele a eternidad.

Un chofer me hace una seña y me arrimo para confirmar por la ventana si es el auto que estaba esperando. Después del clásico saludo y la obligada queja por el tráfico, sigue rebotando la pelota en la cancha. La plática continúa con el clásico “¿de paseo o de trabajo?” Mi respuesta es firme: “de trabajo”. Intencionalmente dejo unos segundos para marcar cierta distancia, luego le doy un toque al balón para seguir jugando y pregunto: “¿ya tiene mucho tiempo trabajando de conductor?” Con la respuesta viene una explicación que chorrea como una cascada; todo fluye con normalidad hasta que dice:

“Yo fui escolta de la señora Diana Laura Riojas, la viuda de Colosio, hace cuarenta años, y mire lo que son las cosas, ahí donde estaba usted, a dos metros estaba Luis Donaldo Jr. Ahorita que me estaba esperando en el aeropuerto, yo lo conocí chiquito.”

Hasta desperté después de escuchar eso. ¿Por qué yo no lo había visto? Seguramente le hubiera pedido una selfie, porque no todos los días se encuentra uno a un personaje de la tele. Como si fuera posible regresar el tiempo, le pregunté por........

© El Diario