Personas que dejan huella
Ciudad de México.- "¡Qué lindas pompas tienes, mamacita!". Eso dijo, extasiado, un gusanito en el jardín. "¡Idiota! -se escuchó una voz-. ¡Soy tu otro extremo!". Don Oprimicio pasó a mejor vida. Llegó a las puertas de la morada de la bienaventuranza eterna, y el portero celestial, tras una rápida consulta al expediente del recién llegado, le informó que tenía derecho a entrar al Cielo. Preguntó don Oprimicio, cauteloso: "¿De veras aquí es el Cielo?". "Claro -respondió, extrañado, el apóstol de las llaves-. ¿Por qué lo dudas?". Inquirió el admitido: "¿Está aquí un mujer de nombre Arpiana?". San Pedro revisó sus registros y le dijo: "No hay nadie aquí con ese nombre. Debe estar con la competencia". "¡Ah! -exclamó lleno de júbilo don Oprimicio-. ¡Entonces sí es el Cielo!". Y entró con paso firme a la mansión celeste. Aquel señor era léido y escrebido, como dice la gente campirana al referirse a un hombre culto. Fue a una librería y le preguntó a la encargada: "¿Tiene el libro 'El cardenal'?". Respondió la muchacha: "No manejamos libros religiosos". Acotó........
