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Dátiles

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A mi suegra le gustan los dátiles. Cuando voy a mi tienda favorita de productos ecológicos, naturales y sostenibles, ejerzo de yerno con encanto y ... le compro una docena. Los venden a granel y puedes escoger entre dos montones. A un lado, los dátiles israelíes y al otro, los palestinos. Aunque esto parezca un cuento con moraleja, es pura realidad, no invento nada. Para que la historia resulte redonda, los dátiles judíos son gordos, carnosos y entran por el ojo mientras que los árabes son delgaditos y más pequeños, aunque tengan un rico sabor.

Resulta curioso observar la indecisión de parte de la clientela ante los dos montones. Parecen comprar acosados por profundas dudas éticas. ¿Me inclino por el dátil hebreo, brillante, grande y poderoso o por el musulmán, humilde, pequeño y discreto? Hay quien compra sin vacilaciones y se lleva el dátil llamativo y avasallador, le da lo mismo el origen. Por contra, los compradores con conciencia política prefieren el pequeñito. He visto a clientas comprar el dátil israelita, arrepentirse en la caja y cambiar de fruto para calmar su conciencia. Los hombres callan y compran. Ellas son más belicosas y llegan a afear a las dueñas del colmado su apoyo al dátil judaico de kibutz e, indirectamente, al genocidio. Las tenderas se excusan y razonan que deben satisfacer a toda la clientela.

El dátil como dilema universal y la tienda como trasunto político y social. Tras mucho dudar entre lo apetitoso y lo moral, decidí comprar mitad y mitad y dejarle a mi suegra la decisión. Ella, mujer culta y con criterio, probó la compra y resolvió la disyuntiva: me gustan los dos dátiles, al fin y al cabo, tanto unos como otros son de origen semita.

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