Los monstruos interiores
Los monstruos interiores
Existe una tendencia profundamente humana a buscar el origen del mal siempre en el exterior. Culpar a otros, señalar estructuras, ideologías, gobiernos, familias, épocas o circunstancias resulta infinitamente más sencillo que enfrentarse a la posibilidad de que una parte del conflicto habite dentro de nosotros mismos. El ser humano parece haber desarrollado una habilidad extraordinaria para detectar la oscuridad ajena y una resistencia igualmente notable para reconocer la propia. Tal vez porque mirar hacia afuera tranquiliza, mientras que mirar hacia adentro desestabiliza.
Vivimos en una época especialmente inclinada a la acusación permanente, todo parece reducirse a la necesidad de encontrar responsables visibles sobre los que descargar la frustración colectiva. Las redes sociales, los discursos políticos e incluso muchas conversaciones cotidianas han convertido la indignación en una forma de identidad moral. Cada individuo parece sentirse obligado a demostrar constantemente su inocencia ética mediante la denuncia pública de las faltas ajenas, pero pocas veces esa energía se dirige hacia un examen verdadero de la propia conciencia.
Resulta curioso observar cómo el ser humano suele imaginar el mal como algo externo, casi ajeno a su naturaleza, como si la crueldad, la soberbia, la mentira o el egoísmo pertenecieran siempre a los demás. Nos cuesta aceptar que los mismos impulsos que condenamos pueden existir, en distintas proporciones, dentro de nosotros; preferimos pensar que nuestras contradicciones son excepciones justificables mientras que las del otro constituyen defectos morales irrefutables. Esa diferencia de criterio........
