Rozar el mundo
Rozar el mundo. / ShutterStock
Hay en el término “artrópodo” algo de insecto, porque algunas palabras se parecen a lo que nombran como si hubieran heredado su forma. “Crispación”, por ejemplo: la pronuncias y se te eriza la lengua dentro de la boca. O “resbaladizo”: tal sucesión de sílabas parece deslizarse por la garganta como una gelatina. Decimos “golpe” y la palabra cae, breve y contundente, sobre la mesa del idioma. Aunque las palabras no sean las cosas, a veces conservan de ellas un eco físico. “Zumbido” vibra. “Crujido” se quiebra al atravesar los dientes. “Susurro” apenas roza el aire, como si temiera despertarlo. Incluso términos más abstractos participan de ese teatro corporal: “torpeza” tropieza, “fragilidad” se rompe en la mitad de sí misma, “desgarro” parece abrirse como una herida mal curada al pronunciarlo. Pero esta semejanza es engañosa. Nos hace creer que el lenguaje está más cerca de la realidad de lo que en verdad está. Como esos insectos que imitan la forma de una hoja, las palabras se disfrazan de lo que nombran. Decimos “río” y la erre arrastra un poco de agua, aunque no moja. Decimos “fuego” y la efe sopla, aunque no quema. La ilusión funciona lo justo para que no desesperemos.
Hay otras palabras, en cambio, que no se parecen en nada a su objeto y, sin embargo, lo contienen mejor. “Tiempo” no fluye ni pesa ni se quiebra, pero lo invade todo. “Muerte” no tiene sonido de cierre y, sin embargo, lo clausura todo. Porque lo real no es solo lo visible o lo audible, sino también lo que se nos escapa, lo que no puede imitarse. Entre unas y otras (las que se parecen y las que no) vamos avanzando a tientas. El lenguaje es un sistema de aproximaciones. A veces la palabra encaja en la cosa como un guante; otras, baila a su alrededor. Pero incluso en sus errores hay una forma de verdad. Cuando decimos “crujido” y algo cruje en la boca, comprendemos que no hemos capturado la realidad, pero la hemos rozado. Y tal vez de eso se trate: no de poseer el mundo mediante las palabras, sino de rozarlo, de recorrerlo con ellas como quien pasa la mano por una superficie desconocida. Palpando. Articulando. Como un artrópodo del lenguaje que, sin ver del todo, avanza.
