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El 23-F el silencio pudo ser más largo

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07.03.2026

Tejero, la última sombra del 23F

El 23 de febrero de 1981 estuvieron a punto de trazarse caminos torcidos donde volvería a mal nacer la actitud recalcitrante del ordeno y mando; ya que lo que nos esperaba, y se barruntaba, por anteriores escaramuzas y conciliábulos ‘tras cortina’ eran consignas marciales, voces entrecortadas, y la endeblez fácil de doblegar, una vez más, las rodillas.

Aquel día, todos, o al menos la mayoría, fuimos invitados a tirarnos al suelo y volver la espalda a la recta condición humana; el ser humano se encontraría de nuevo pisoteado por normas confusas que degradarían la dignidad de cada cual. Nos asaltó la angustia que lo anterior al 23-F había sido una pantomima, que la situación que se vivía fue un engaño, puesto que de pronto, un centenar de metralletas eran capaces de ahogar el grito de libertad de miles y miles de gargantas.

La pesadilla de nuevo impregnaba el aire con un raro ambiente. La vuelta al pasado negro y bochornoso era realidad y el plante chulesco de la barbarie y las actitudes que se definían nos daban en la cara como un salivazo.

Pensamos, cómo era posible que un centenar de metralletas se bastaban y sobraban para romper los senderos del dialogo reconfortante para enderezar rumbos; puesto que a nuestro alrededor todo comenzó a marchitarse, como si hubiese sido flor de un día. Parecía que la apuesta que se había jugado estaba perdida ante un poder político oculto, indescifrable, que volvía a dejar ver su cara donde el silencio más expectante aún comenzaba a sonar, y el miedo de nuevo se entrecruzaba de arriba abajo en un ambiente lleno de incógnitas, donde el que más y el que menos parecía instigador de la barbarie desatada.

Aquel 23-F pensábamos en los niños, a los que se les había prometido que nunca más oirían hablar de terror y de miedos ocultos; por eso nos preguntaban ante los gritos lejanos que sonaban por cualquier rincón qué era lo que acontecía. Y nosotros, por nuestra parte desde nuestra perplejidad llegamos a pensar que el círculo vital de una sociedad que se prometía en libertad, consecuente y abierta, volvía a cerrarse; por lo que a aquellos niños les esperaba como al resto una angustia sobreañadida, a los que les costaría tiempo en volver a encontrarse.

No podíamos imaginar que la sociedad que prometía en nuevos valores, donde la democracia estrenaba sus mejores galas dialécticas y de una seriedad extrema, se encontrara nuevamente atrapada y que tardaría su tiempo en recuperarse de revueltas, de golpes de estado blandos o duros, pero agobiantes.

Las palabras se quedaron sin eco, las propuestas se enquistaron, hasta que en un ejemplo de la poca dignidad que aparecía en la buena gente hizo posible que poco a poco, aún con algún que otro sobresalto, la situación se reconvirtiera.

Pero, efectivamente, aquel 23 de febrero de 1981, camino de Agua García, en Tacoronte, para visitar a un enfermo (del que era su médico), mientras escuchaba la radio del coche, llegué a pensar, como muchos, que el silencio instalado ese día podía ser más largo.


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