Queremos tanto a Fernando
Queremos tanto a Fernando / Daniel Tortajada
Es tan raro hablar, o escribir, de la amistad. De la amistad no se alardea, me parece, se tiene, forma parte de lo que somos, y es una obligación compartida y bellísima, incomparable. E inolvidable. O, al menos, sólo se puede comparar u olvidar porque se pierda de pronto y para siempre. Fernando, gente como Fernando Delgado, es lo que jamás se olvida, lo que vive con nosotros también en el silencio. Las madres, los padres, los hermanos que nos dejan antes de que nosotros nos rompamos para la vida y para siempre. Lo imperioso y lo inolvidable.
Fernando Delgado fue el mejor amigo que tuve en mi vida. Todavía lo tengo, esa sensación vive conmigo. Hace dos años dejó este mundo, agarrándose a la vida, viviendo la pasión de seguir junto a su marido, Pedro García Reyes. La soledad en que Fernando nos dejó a todos, a toda su familia y a la inmensa familia de la amistad, forma parte ahora de la esencia hueca de mi vida, de la vida de tantos a los que quiso, en las Islas, en Valencia, en Madrid, en los mundos en los que él encontró la otra parte de la alegría.
La primera alegría fue su madre, y la alegría también fueron aquellos a los que amó y quienes lo amaron. Es una persona de imposible olvido.
Falta Fernando, y es como si ese modo de evocarlo fuera un reproche mío a la vida diaria: ¿cómo es que no está aquí este amigo que tanto nos falta? Pero así es la vida, nos vamos quedando solos, se nos van yendo aquellos que primero nos enseñaron a relacionar la vida diaria con la vida, con la llamada de la vida, y luego nos explicaron cómo evitar el olvido, qué hacer con la generosidad que significa recordar. No olvidar jamás la bondad de los otros, recordar siempre como si el día fatal no hubiera sucedido. Recuerdo su entierro, su marcha; jamás he aceptado que las personas mueran, las quiero cerca, en la casa enorme que es el recuerdo. Siempre los quise vivos.
Cuando conocí a Fernando, él se llamaba con todas las letras de su nombre: Fernando González Delgado. Era un muchacho de quince o dieciséis años y se examinaba por libre, como yo, de quinto de bachillerato en el instituto principal de Santa Cruz, su ciudad. Yo vivía en el........
