menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Los años de Fajardo

11 0
05.04.2026

José Luis Fajardo, junto a una de sus obras expuestas en la Fundación Carlos de Amberes. / JOSE LUIS ROCA

A los quince años (creo que fue a los quince años) fui a ver una exposición de pintura porque observé que al periódico en el que empezaba a colaborar, La Tarde de entonces, le interesaban las artes y las letras. Y yo era ya un muchacho entrometido, que buscaba cada día sucesos interesantes o extraordinarios.

Me parecía que aquella oportunidad, una exposición de pintura, podría ser interesante para la crónica que nadie esperaba pero que yo me empeñaba en enviar. Así que, marcado por la pasión de escribir, entré en aquel lugar para hacer crónica de lo que viera expuesto.

Por supuesto, esperaba que estuviera el pintor, o los pintores, porque en este caso eran dos pintores, uno canario, José Luis Fajardo, y otro extranjero, Christian Henrich, pintor sueco. Lo extraño del lugar, y de la situación, es que allí no había pintor alguno, ni nadie que cuidara el sitio, aunque por todas partes había pintura.

Como yo tenía que hacer la crónica me fijé en los cuadros, en la exposición y también en los elementos de aquel lugar que parecía organizado por el aire. Nadie había, ni parecía que fuera a venir nadie. Había sobre una mesita, sin embargo, una especie de recado en el que alguien le decía a otra persona en qué debía consistir la cena de la noche.

Entonces, pensando en mi crónica, apunté el recado, y con ese material, que era divertido, porque lo que se explicaba como alimento era exquisito o por lo menos insólito para un muchacho hambriento como el que era yo en ese momento. Al cabo de los días aquella crónica salió publicada y, pasado el tiempo, conocí al pintor extranjero y al pintor canario…

Nos hicimos amigos, en el Puerto de la Cruz, donde vivían ambos, con sus compañeras. Piluca Navarro, a la que siempre llamamos entonces con el apellido de su marido (Piluca Fajardo) serían luego grandes amigos míos, en Madrid, donde vivieron ellos… Piluca falleció hace unos años. Los dos han sido para mucha gente, aquí, en cualquier parte, seres verdaderamente adorables que, además, desde siempre acogieron a todo el mundo, a los que vivíamos en Madrid y a los que veníamos de las islas y aquí necesitábamos cobijo y alegría…

En la casa en la que ellos vivieron nos quedábamos a veces, o íbamos a cenar como si no hubiera otro sitio sino ese para cumplir con la tarea de estar con otros… De esa generosidad se sirvieron personas como don Domingo Pérez Minik o Fernando Delgado, que fueron amigos de aquel matrimonio, juntos o por separado. Jamás los vi de lejos, siempre fueron personas de cerca, alegres, abiertos, divertidos…

José Luis ha sido siempre, además, un artista sin envidia, siempre ha estado abierto a quien quiera hacer de Madrid, y de su casa, el lugar más generoso de Madrid, del mismo modo que en Tenerife o en cualquier sitio por donde ande siempre ha tenido la generosidad de acoger al que, estando en la calle o en su casa, jamás dejó de tener tiempo para el que toca a su puerta.

De vez en cuando, hoy, por ejemplo, cuando escribo estas líneas, el 1 de abril de 2026, se me ocurrió que podía encontrarlo adonde suele estar, la cafetería Santander de Madrid. Vivimos cerca (siempre se vive cerca de Fajardo, esté donde esté, igual que nos pasaba con Martín Chirino, con Cristino de Vera o con Fernando Delgado), de modo que es fácil llegar a donde esté o acercarse a su casa.

Ésta, su casa, es el lugar donde pinta, desde donde te llama para cualquier consulta o para compartir un abrazo. Y este día en concreto yo mismo tenía algo, un libro, que compartir con él. Apareció a la primera llamada. Vino con el teléfono agitado. Le llamaban de muchos sitios, lo escuché dar las gracias a amigos muy diversos, pero no se me ocurrió preguntarle a qué venía tanto alboroto esa mañana del 1 de abril.

Imaginé que era una fecha muy señalada, un tiempo tan exacto, que todos sus amigos acudían a su teléfono para cumplir con la tarea de felicitarlo. Muchas veces, así es la vida, ya se sabe, ha habido muchos motivos para llorar con él, o para sentir el pesar que nos van dejando los hechos. Esta vez sentí que aquel muchacho que hace mil años dejó en el lugar donde exponía un cartel en el que expresaba su deseo de cenar esto o aquello seguía igual de juvenil había recibido la alegría que merece.

Pero antes de decirle nada seguimos hablando del tiempo que ahora hace en el mundo, asustados de las cosas que ocurren; hablamos incluso de un hecho insólito que ocurre en Tenerife, donde una escultura sin amor sigue ahí puesta como si tuviera algo que decirle a la gente que ya no tiene que ver ni con Franco ni con la maldad que conlleva su nombre… Y terminamos hablando de seres que han sido buenos con la vida, aunque otros no lo fueran para tanto…

Cuando me di cuenta él seguía dando las gracias a los que aun llamaban como si le hubiera tocado la lotería o estuviera a punto de exponer de nuevo esa pintura que ahora honra su casa como si ésta fuera el museo en el que explica las distintas eras de sus años. Ya parecía que se habían acabado el café y las palabras cuando tuve la intención de dejarlo tranquilo, pero se me ocurrió preguntarle qué pasaba para que recibiera tantos parabienes.

Coincidió la pregunta con una nueva llamada, y él me dijo sin palabras, con los gestos, lo que le pasaba: estaba cumpliendo en ese instante los 85 años. Entonces fue cuando lo encontré tan joven, juntando los dedos para poner en orden el tiempo que ahora tiene. Siempre me pareció un muchacho. Y ahora más.


© El Dia