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Historia y presencia de Rafael Monagas

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08.03.2026

Rafael Monagas / La Provincia

Conocí hace siglos, por decirlo pronto, a Rafael Monagas, pintor, en el taller de Martín Chirino, en Madrid. Él era entonces un joven callado y quizá por ello misterioso. Prefería mirar, y callarse, que hablar y sobrepasarse diciendo qué había vivido, qué había hecho, qué estaba haciendo.

La verdad es que eran tiempos de alegadores, yo era un alegador, Chirino lo era también, y lo era también nuestro amigo común, tan querido, Fernando Delgado. En los sitios donde vivió Chirino tuvieron casa todos estos amigos a los que estoy nombrando, incluyendo a José Luis Fajardo, que fue quien por primera vez me llevó a la primera casa de Martin.

Martín, su mujer, su hija, forman parte sin duda de las gratitudes que debo. Alguna vez conté aquí que Martín me prestó un día un dinero considerable para aliviar deudas de mi padre. Y no sólo por eso está en mi corazón de hijo, sino que está por todo lo que fue, generoso, gran artista, ciudadano intachable, filósofo, silencioso cuando debía estarlo, esencial, impar persona.

En todos los momentos y en todas las circunstancias que cito, y también en la última casa-estudio de Martín, siempre estuvo allí, con nosotros, junto a la fragua, en todo lo que hicieran él y su maestro Chirino, Rafael Monagas, que había dejado su raíz y su pueblo en Gran Canaria para seguir la estela del maestro dejando a un lado su propia pintura. Ésta no tenía nada que ver con la de Martín Chirino.

Martín era, ya se sabe, el creador de un mundo propio que se alzó a la vez en la pintura y en la fragua, para cuyos menesteres le valió en grado sumo la ayuda de Rafael (Rafa para todo el mundo). Rafa era entonces, cuando lo conocí, en un tiempo en que no hacía tanto que yo mismo había conocido a Martin Chirino, un pintor con su propia manera de ser y de sentirse él mismo el maestro que siguió siendo y lo es en este momento.

Durante esos años en que estuvimos con él y con Martín, en la hermosa casa de la fragua, Rafael era callado, fumaba siempre, como si el cigarro lo estuviera mirando, y no le daba importancia a casi nada, ni a su pintura ni a las importantes contribuciones con las que ayudó a Martín a seguir, en la vejez bien llevada, cultivando esa obra que ahora es mucho más que un recuerdo: es su vida, el legado mayor de su vida.

Martín murió el 11 de marzo de 2019, y este último domingo hubiera tenido 101 años... Decir que es inmortal forma parte del tópico con el que decimos adiós, pero esta vez la posible exageración la abraza la realidad de lo que hizo, en todos los ámbitos en los que desarrolló sus trabajos, incluido el que desempeñó para otros en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y en el CAAM de Gran Canaria, que él se inventó, por decirlo así, así como el apoyo generoso con el que contribuyó a hacer inmortal, verdaderamente, la gran exposición de Escultura en la Calle que organizó en 1973 el Colegio de Arquitectos de Canarias. Fue su gran legado, entre otros, a la isla de enfrente…

Siempre pensé que todas esas actividades que Martín Chirino iba dejando como legado tenían mucho que ver con la ayuda de Rafael Monagas. Ahora que él está aquí y lo puede contar hemos tenido el privilegio de escucharlo hablar de Chirino, hablar de él mismo, hablar de sus amores y de sus viajes, en un acto imborrable en el que descolló por su sentido del humor y por la timidez que ya se suelta para dar de sí una historia fuera de lo común.

El marco de sus confesiones fue la Casa de Canarias, junto a las Cortes, este jueves lluvioso de un Madrid decaído. Antes que él, que llegó tarde de Las Palmas, había hablado Antonio Puente, el editor del hermoso libro (Martín Chirino y Rafael Monagas: la fragua de la amistad) que ahora junta para siempre la figura de Rafael y la memoria de Martin. Venía Rafa desde Gran Canaria con Idalmy González, autora en el libro del Retrato del artista gestor, un homenaje a Monagas y a Martín… El libro es una maravilla que se toca y se agradece. Antonio Puente ha hecho un gran trabajo para juntar sus propias conversaciones con el pintor y los textos de Nilo Palenzuela, Javier Durán, Sonia Mauricio, Cristian J. Reazzone y la citada Idalme González, que fue la que acompañó a Monagas en este viaje a Madrid y se quedó asombrada de la capacidad de contar de este pintor que a ella (y a tantos) le pareció siempre callado…

El libro recoge, pues, semblanzas del pintor y de su madre (contemporánea de Martín); con respecto Rafael, dice Antonio Puente, este es «un hombre sencillo y campechano, solitario y generoso, proclive a permanecer en silencio, salvo si se le da pie y saca entonces su veta conversadora». La suya, dice Puente en el libro y dijo en el acto del jueves, es una «pintura callada, o del silencio», que, según el pintor, «busca un paisaje que sea también interior, un lugar de meditación, y eso es siempre puro silencio».

Ahora que han pasado los años por aquella voy que yo conocí en las afueras de Madrid, la voz callada de Rafael, me resultó apasionante escucharlo hablar con tanta belleza tranquila, con tanto humor, ese humor de los adentros de Gran Canaria, que le sirvieron, en el acto, para explicar sus amores viajeros de los mejores años de su vida y también la raíz verdaderamente esencial de su modo de estimar la pintura y también la obra del maestro al que se dedicó somo si él no tuviera, a la vez, que hacer su propia obra…

El libro está lleno ahora de lo que dijo allí, en la sala abarrotada, como una memoria que no sólo es la suya sino también la del maestro… Contó tantas cosas Rafa... Contó que «a Martin lo amenazaron de muerte muchas veces» cuando se puso al frente del Círculo de Bellas Artes de Madrid, heredero entonces de golfos que allí querían enriquecerse cuando Chirino quiso poner orden en el que ahora es el centro más potente de la cultura en Madrid… «Intervino Martín», dijo Rafael, «cuando aquello aun no se iba suavizando, hasta que un día a un tío que iba a jugar allí lo arruinaron y se suicidó tirándose desde una azotea… A partir de ahí Martín dijo ‘ya está bien, se acabó’…»

El libro en el que Antonio Puente recoge esta vida tan compleja, tan llena de amor al arte, es ahora una reliquia que junta a dos seres humanos que hicieron del silencio un ejemplo insólito de respeto, pasión y camaradería. Fui al acto pensando que iba a escuchar una misa laica en la que todo fuera parte de un libro. La intervención de Idalmy, poniendo en alto la figura de Rafael, y el trabajo minucioso, casi de orfebre, del editor del libro, Antonio Puente, son el espejo de otras obras que pueden ser parte de lo que Canarias ha de hacer para sacar de lo oscuro tanto artista que los precede o los juntas.

Este libro que pone en la calle Antonio Puente y que editan el Gobierno de Canarias, el Instituto Canario de Desarrollo Cultural y la Fundación Martín Chirino, es un verdadero abrazo a aquel hombre que nos legó para siempre su modo de escuchar el sonido de la pintura y de la fragua. Rafael Monagas parecía mientras tanto quien esperaba que la madrugada le ayudara a hacer su propia pintura. Ahora él no le da importancia a lo que ha hecho, pero quienes lo conocen, y ahora además lo siguen escuchando, saben que están ante un artista por sus propios méritos: Rafa Monagas. Cuando yo era un muchacho le compré un cuadro. Ahí está, en el Médano, diciéndome en silencio lo que este artista me dijo entonces, con la voz callada que marca su pintura.


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