¿Quo vadis, chacho?
Fernando Clavijo se inclina hacia Ángel Víctor Torres para escucharlo durante un acto público. / Carsten W. Lauritsen
He intentado descubrir racional y esforzadamente alguna lógica oculta en la asimetría del trato que se dispensa al País Vasco en comparación con la que se concede a Canarias. Prescindiendo de la razón de la fuerza –la muy pedestre matemática de los votos en el Congreso– no existe explicación institucional alguna. Es verdad que los socialistas vascos cogobiernan hoy con el PNV, pero incluso en otros momentos de la historia las reclamaciones del País Vasco han contado con el apoyo sin fisuras de todos sus políticos, sin distinción de ideologías.
Esta pasada semana salió el ministro canario Angel Víctor Torres en la portada de un periódico vasco, junto a la consejera de Gobernanza y Autogobierno de esa comunidad, María Ubarretxena. Como telón de fondo estaba la cogestión de los tres aeropuertos vascos que ha exigido el PNV. El lehendakari Pradales y Pedro Sánchez se han reunido ya en varias ocasiones y en todas ellas se ha anunciado que se llegarían a soluciones para que el País Vasco tenga mando en plaza sobre sus aeropuertos. Y el ministro canario Torres se ha convertido en una pieza de ese engranaje, en el que colabora activamente.
El Gobierno mesetario se ha puesto un cohete en el trasero para buscar una fórmula viable para que el Gobierno vasco meta la cuchara en Aena. Ya que las actuales leyes impiden la cesión de los aeropuertos –y costaría tiempo cambiarlas– han encontrado un bypass en una especie de «órgano bilateral» cuya creación se producirá antes del próximo mes de marzo. ¿Y con Canarias? Con Canarias leche machanga. Ni nos han concedido nunca la quinta libertad aérea, para fomentar el papel de hub de tráficos aéreos intercontinentales de las Islas, ni nos van a hacer puñetero caso en las demandas de cogestión aeroportuaria.
En el País Vasco el uso de los aeropuertos es opcional. Hay trenes y carreteras que permiten otras formas de movilidad. En Canarias, un archipiélago a mil kilómetros de las costas peninsulares, el avión no es una opción. Es «la» única opción. Es el pulmón por el que respira la economía turística de las Islas. Es el único medio de transporte rápido con el resto del Estado. Aena, que presume de una inversión de mil millones en Canarias, recuperará la inversión en un par de años. Las Islas son uno de sus principales negocios. Pero a pesar de todo esto, en Moncloa se niegan a entender que unas infraestructuras estratégicas para una región ultraperiférica y lejana no puede ser ajena a la voluntad de las propias Islas.
La lógica de la supervivencia explica que a Sánchez se le encojan los calzoncillos cuando le llaman los nacionalistas vascos y no sienta ni siquiera un escozor de sobaco cuando lo hacen los canarios. Los diputados del PNV y Bildu en el Congreso son demasiados como para tomárselos a coña. Lo que no tiene explicación es la estrategia que sigue el Partido Socialista en Canarias que una y otra vez, sea en migración, sea en la quita de la deuda o sea en la financiación autonómica, habla como si fuera la delegación del Gobierno Peninsular en las Islas. Tal vez porque el ministro, Torres, se impone al secretario general del partido en Canarias, Torres. Y posiblemente, además, porque el resto de los socialistas canarios, con la fe del carbonero y la obediencia de un fraile, piensan que la mejor manera de atravesar el desierto de la oposición es situarse siempre e indefectiblemente en la posición que diga Madrid.
Los socialistas canarios de hoy –como ha ocurrido en el pasado– deberían estar incondicionalmente del lado de su tierra, porque un día les volverá a tocar gobernarla. Pero se han convertido en un apéndice político del centralismo. En una extensión de la voluntad cesarista de un presidente que solo se preocupa del País Vasco y Cataluña. Oponerse aquí al Decreto Canarias. Votar en el Congreso (junto a Vox, échale millo) contra el análisis crítico de leyes estatales que no tienen en cuenta la singularidad de las islas. O estar ausentes de lo que sí apoya su partido en el País Vasco... Todo eso, mientras Salvador Illa impone el catalán para conceder la residencia en su país. Qué buenos vasallos, si tuvieran buen señor.
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