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La autopsia de un modelo que licuó nuestras reservas

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12.04.2026

Imaginen que su familia tiene un pequeño negocio que desde hace años gasta mucho más de lo que gana. Sus parientes, a cargo de la caja, les aseguran que todo va bien mientras sacan dinero de los ahorros de toda su vida para pagar las cuentas. Es lo que hoy vivimos los bolivianos, no es un accidente de mala suerte; es el colapso de un sistema enfermo que vimos deteriorarse frente a nuestros ojos durante los últimos años, mientras quienes debían cuidarlo prefirieron mirar hacia otro lado.

Entonces, el nuevo gobierno se encuentra en la ingrata posición del cirujano que debe intervenir un cuerpo lleno de metástasis. No es una decisión cómoda, pero es inevitable. Para entender cómo llegamos a este quirófano, basta con desempolvar el informe “Estado de situación de las empresas públicas” de octubre de 2020 del OFEP. La información estaba ahí: la utilidad neta de nuestras empresas se había hundido, pasando de Bs 8.352,54 millones en 2014 a unos tristes Bs 1.330,19 millones en 2019.

Peor aún, el informe nos advertía que cinco empresas —EASBA, QUIPUS, YACANA, EBIH y ENVIBOL— estaban técnicamente muertas, en lo que los contadores llaman “quiebra técnica”, porque sus deudas ya eran más grandes que todo lo que poseían. En lugar de reaccionar, se permitió que casi la mitad de las empresas estratégicas (un 45,7%) operaran con un patrimonio mínimo, dependiendo totalmente de préstamos para sobrevivir.

Se nos vendió la idea de una soberanía económica que en realidad era un barril sin fondo. Empresas como COMIBOL arrastraban pérdidas de Bs 920 millones y Mi Teleférico de Bs 751 millones. Pero lo más doloroso es que, para mantener las apariencias, se obligó a empresas que perdían dinero a sacar de donde no tenían para pagar bonos sociales, priorizando el aplauso político sobre la salud financiera que garantiza el futuro de nuestros hijos.

Años después, la enfermedad empeoró. El economista Fernando Romero, en su reciente ranking de 2025, muestra una realidad escalofriante: el déficit se concentró en los gigantes que nos debían sostener. YLB pasó de perder poco en 2019 a liderar el déficit con Bs 231,7 millones en 2025. Y el caso de YPFB es quizás el más cínico: aunque en papel muestra utilidades, Romero identifica una pérdida económica real de Bs 250,7 millones cuando quitamos el maquillaje de los subsidios y el tipo de cambio.

La ineficiencia no fue solo mala gestión, fue un engaño sistémico. La planta de ECEBOL en Potosí, por ejemplo, fue un decorado: nunca operó plenamente y solo molía material traído de Oruro para embolsar una mentira. Por eso, el ministro de la Presidencia, José Luis Lupo, fue brutalmente honesto: de 67 empresas creadas en dos décadas, solo tres (YPFB, ENDE y COMIBOL) son rentables. El resto, literalmente, se licuó nuestras reservas internacionales.

Es un trago amargo, sí. Es la factura acumulada de años de promesas sin sustento. Pero la disyuntiva es clara: ¿seguimos alimentando un modelo que ya no se sostiene o asumimos el costo de arreglar la casa? Bolivia llega tarde a esta charla, pero seguir como hasta ahora, administrando la nostalgia de un espejismo, simplemente ya no es una opción.

(*) La autora es periodista y politóloga

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