Una guerra sin sentido
Pocas voces en el análisis estratégico contemporáneo tienen el peso, la experiencia y el respeto de John Mearsheimer. Profesor en la Universidad de Chicago, referente de la geopolítica y el realismo ofensivo, ha sido durante décadas una figura clave en círculos políticos y militares de EE.UU por su capacidad de anticipar errores estratégicos de las grandes potencias. Su evaluación de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán es directa: no hay victoria posible, solo costos crecientes y consecuencias geopolíticas negativas.
El núcleo de su análisis es contundente: Estados Unidos no ha logrado sus objetivos estratégicos. Los cuatro pilares de la intervención —detener el programa nuclear iraní, destruir su capacidad misilística, debilitar su red regional de aliados (Hezbollah y Huties) y el principal: Forzar un Cambio de Régimen— han fracasado rotundamente. Irán mantiene su estructura de poder, conserva capacidades militares relevantes y no muestra señales de colapso político. Más aún, la guerra ha producido el efecto contrario: ha despertado el nacionalismo interno iraní, ha aumentado su legitimidad en el mundo no occidental y ha reforzado su posición estratégica sobre el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial.
El impacto económico global ha sido inmediato y profundo. El petróleo se ha estabilizado en niveles superiores a los 100–120 dólares por barril, generando presiones inflacionarias, disrupciones en cadenas de suministro y riesgos de recesión en múltiples economías. Las pérdidas globales ya se estiman en cientos de miles de millones de dólares, mientras que el costo directo del esfuerzo militar para Estados Unidos continúa escalando a ritmos de miles de millones por semana. Este contexto no solo debilita la economía global, sino que reduce el margen fiscal y político de Washington para sostener conflictos prolongados.
El costo humano también es significativo y creciente. Miles de muertos en las primeras fases, decenas de miles de heridos y millones de desplazados en el Líbano reflejan el inicio de un conflicto que, de prolongarse, podría alcanzar cifras similares a otros escenarios de guerra prolongada en Medio Oriente. La destrucción de infraestructura civil y energética agrava aún más las condiciones humanitarias, generando efectos indirectos que se extienden mucho más allá del campo de batalla.
En el plano regional, los países árabes del Golfo Pérsico han visto deteriorarse su seguridad y estabilidad económica. La guerra ha expuesto su vulnerabilidad estructural, afectando inversiones en turismo y transporte, comercio y confianza internacional. Al mismo tiempo, el fortalecimiento relativo de Irán los coloca en una posición estratégica más débil, obligándolos a replantear sus alianzas y a buscar equilibrios más pragmáticos, incluso con potencias externas como China.
Uno de los efectos más profundos, sin embargo, se observa en la cohesión y el futuro de la OTAN. La falta de consenso y coordinación en torno al conflicto ha generado tensiones internas que debilitan la credibilidad de la alianza. La percepción de decisiones unilaterales por parte de Estados Unidos ha erosionado la confianza de sus aliados europeos, planteando interrogantes sobre la sostenibilidad de la arquitectura de seguridad transatlántica en el mediano plazo.
Este debilitamiento tiene implicaciones directas en el equilibrio global de poder. Rivales estratégicos como Russia y China se benefician de la distracción y sobre extensión de Estados Unidos, fortaleciendo su cooperación y ampliando su influencia en regiones clave. En términos geopolíticos, la guerra ha acelerado la transición hacia un sistema internacional más fragmentado y polarizado.
Pero quizás el efecto más crítico —y menos discutido— es el impacto sobre el apoyo futuro, tanto económico como militar, a Estados Unidos e Israel. A medida que los costos aumentan y los resultados siguen siendo limitados, el respaldo interno en Estados Unidos comienza a erosionarse. La opinión pública muestra señales de fatiga frente a un nuevo conflicto prolongado, lo que limita la capacidad política de sostener financiamiento continuo. En el plano internacional, varios aliados enfrentan restricciones fiscales y presiones internas que dificultan mantener niveles elevados de apoyo militar y económico.
En el caso de Israel, esta dinámica es aún más delicada. Su seguridad futura depende en gran medida del respaldo sostenido de Estados Unidos. Sin embargo, si ese apoyo comienza a debilitarse —ya sea por presión política interna en Washington o por prioridades estratégicas cambiantes— Israel podría enfrentar un entorno mucho más incierto, con mayores costos de defensa y menor margen de maniobra. La posibilidad de un conflicto prolongado, su expansión territorial sionista (en Gaza, la Franja Occidental y en el sur del Líbano) sin respaldo pleno americano, ni tampoco doméstico, plantea riesgos significativos para su estabilidad económica y su seguridad a largo plazo.
La conclusión de John Mearsheimer es clara: el mayor error no es perder una guerra, sino entrar en una que no se puede ganar. La guerra con Irán no solo ha fracasado en sus objetivos, sino que ha debilitado la posición estratégica de Estados Unidos e Israel, ha fortalecido a sus adversarios y ha incrementado los riesgos para la estabilidad y la paz mundial. En un mundo cada vez más interconectado y volátil, las consecuencias de este error podrían extenderse mucho más allá del campo de batalla, redefiniendo el nuevo orden mundial: destruyendo los valores democráticos del pasado y el equilibrio del poder en las próximas décadas.
(*) El autor es Ph.D. en Economía
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