Cara a cara
Carnaval es esa época en la que Bolivia se mira al espejo… y se gusta. Santa Cruz se prepara para su gran Corso, lista para rendirse ante Camila I en su máximo esplendor, entre brillo, espuma y comparsas que convierten el asfalto en escenario. Oruro, la capital del folklore, afina bombos y matracas para recibir -una vez más- a miles de devotos de la Virgen de la Candelaria en esa manifestación exuberante e inigualable y que desafía el cansancio y la altura.
Es también tiempo de viajes. De carreteras que conducen a Samaipata, al Salar, a la Amazonía, a los valles, a esa Bolivia amada que siempre tiene un paisaje pendiente. Tiempo de gastronomía sin culpa, de masaco al amanecer, de api reparador, de charque, de saice, de disfrute a raudales. El país celebra como sabe hacerlo: con exceso de alegría y abundancia de colores.
Pero entre tanta fiesta conviene recordar lo obvio: si va a beber, no conduzca, aunque a veces es lo primero que olvidamos. Y si conduce, disfrute del paisaje con sobriedad. No hay comparsa que valga una imprudencia ni selfie que compense una tragedia. El carnaval no debería medirse en estadísticas hospitalarias.
Y hablando de salud, en Santa Cruz el chikunguña no está de vacaciones. La epidemia evoluciona mientras nosotros planificamos espuma y serpentinas. Bien hacen las autoridades en insistir en el cuidado. También es importante recordar que en carnavales nunca está demás protegerse y proteger a la pareja. Porque algunas consecuencias no aparecen el miércoles de ceniza… sino en octubre o noviembre.
Eran menos dramáticas
Eran menos dramáticas
Asombro con anestesia
Asombro con anestesia
El cielo de Musk, lejos de cerrar la brecha digital de Bolivia
El cielo de Musk, lejos de cerrar la brecha digital de Bolivia
