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En la Luna

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13.04.2026

13 de abril 2026 - 03:07

Soy selenita. Me embobo mirándola. Cuando es nueva o las nubes la tapan, me enfado. Al crecer poquito a poco, como un arco pequeño que aumenta hasta llegar a la llena, me va fascinando. En plenitud, la sola cara que veo, me tiene. La Luna. Es como si me declarase. Ahora que Artemis II ha regresado, haciendo historia (por primera vez desde 1972, seres humanos viajando más allá, mucho más allá, que nadie hasta ahora), el anhelo lunar recuperado demuestra que, además de una misión espacial, es también una declaración.

Durante más de medio siglo la Luna se iba quedando en una cápsula del tiempo en blanco y negro, una hazaña de viejos, que parecía pertenecer un otra especie más optimista que la nuestra. Terminaron las misiones Apolo y, con ellas, una manera de mirar hacia arriba. Artemis II rompe ese paréntesis y lo hace en un momento extraño, porque mientras una cápsula ha rodeado la Luna con precisión matemática, la Tierra exhibe su versión menos brillante: 56 guerras abiertas en el mundo y líderes que nos avergüenzan. El contraste es brutal.

El ser humano es capaz de lo mejor –coordinar miles de ingenieros, científicos y pilotos para viajar a 39.000 kilómetros por hora y regresar con vida– y al mismo tiempo es capaz de lo peor, de convertir fronteras en trincheras y discursos en gasolina. ¿Qué hacemos con esa dualidad? ¿Nos instalamos en la decepción o abrazamos la esperanza?

Yo no me tengo por ingenuo, pero tampoco por resignado. La misión Artemis II demuestra que, cuando nos alineamos con el conocimiento y la disciplina, somos formidables. Si podemos calcular una trayectoria lunar con esa precisión, podemos –si queremos– ordenar nuestras democracias con la misma seriedad.

Elijo la esperanza, pero no es contemplativa, es responsable y exigente. Porque los mismos ciudadanos que financiamos cohetes capaces de circunnavegar la Luna lo somos también para mandar al carajo a quienes trivializan el poder, a quienes reducen la política a consignas o al oportunismo permanente.

La Luna vuelve a estar ahí e importa porque nos recuerda que no estamos condenados a nuestra versión más baja. Hemos demostrado esta semana que podemos tocar lo sublime. No nos conformemos con el desecho mundial que nos gobierna.

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