La primavera ya llegó
La flor de azahar de un naranjo de una calle de Sevilla. / Reyes Gallegos
Si han caminado por Sevilla durante esta semana, seguro que han reparado en uno de los aromas más placenteros y llenos de vida que existen: el olor a azahar, la flor blanca que introdujeron los árabes en el siglo X. Qué milagroso es que el sevillano no proteste -con lo que le gusta un suelo raso- de la caída de esos pétalos que lo embriagan todo en esta época del año. Y es que si hay una estación cuyo patrimonio público e inmaterial sabemos distinguir, valorar y preservar, es ésta.
Desde hoy es oficialmente primavera, pero llevamos ya unos días viendo los naranjos florecer, otra luz y unas tardes más longevas, que invitan a tomar una cerveza en un velador cualquier día de la semana, y a mirar la agenda cultural a ver qué eventos y artistas pasan por la ciudad próximamente. Es inevitable pensar en primavera, del latín el primer verdor o primer buen tiempo, sin pensar en lo festivo. La fiesta como un territorio de encuentro y celebración; ese territorio invisible que tiene que ver con lo afectivo, con la identidad, la tradición, la cultura y la política. Por eso existe el área de Fiestas mayores en los Ayuntamientos, que gestionan con recursos públicos las fiestas; como la Semana Santa y la Feria de Abril en Sevilla. Desde el punto de vista antropológico, es una gozada dejarse sorprender por la convivencia en plena calle de miles de personas que salen al encuentro de una cofradía. Pero aparte de ésta, me pregunto ¿qué otras políticas públicas promueven la cultura contemporánea en el espacio público? ¿Cómo se protege y potencia ese foco generador de identidad individual y colectiva; de convivencia y de socialización? ¿Qué cultura gratuita y accesible ofrecen las ciudades hoy?
¿Qué otras políticas públicas promueven la cultura contemporánea en el espacio público? ¿Qué cultura gratuita y accesible ofrecen las ciudades hoy?
¿Qué otras políticas públicas promueven la cultura contemporánea en el espacio público? ¿Qué cultura gratuita y accesible ofrecen las ciudades hoy?
Hace justo diez años nos sorprendió la noticia de la cancelación de Territorios, el conocido festival de música sevillano. El motivo que dio la prensa era la pérdida de músculo económico debido a la crisis general -y del sector cultural en particular- y a la paulatina falta de apoyo por parte de las instituciones. Quizá no sabían que Territorios había sido fundamental para que muchas jóvenes como yo, con edades comprendidas entre los 18 y los veintitantos años, nos formáramos musical y culturalmente gracias a aquel festival que en el año 98 nos permitió cruzar la ciudad de plaza en plaza escuchando lo mejor de la música emergente en directo. Después de dieciocho ediciones, más de cien conciertos y una veintena de escenarios públicos y al aire libre de la ciudad (la mitad -o más- gratuitos, como la Plaza de San Andrés, la Plaza del Pan, Plaza de la Pescadería, San Francisco, El Salvador, entre otros) a día de hoy podría haberse consolidado como parte innegociable de la cultura sevillana contemporánea.
Me pregunto cómo hemos sustituido esa cultura musical y urbana de lo colectivo por la cultura encerrada del auricular y el gimnasio, donde la música ha dejado de sonar al aire para quedar atrapada en individuales dispositivos digitales que nos aíslan más del mundo, que nos deslocalizan. Como argumenta la filósofa y activista Silvia Federici, los bienes comunes son cada vez más difíciles de conservar debido a una incompatibilidad estructural con el sistema capitalista. Los espacios de ocio están cada vez más limitados: con vallas, líneas en el suelo y pulseras. Los festivales de música han pasado de celebrarse en los territorios a hacerlo en espacios etéreos y cerrados que sólo algunos bolsillos pueden permitirse. La posibilidad de improvisar hoy con una guitarra o un altavoz en el espacio público y sin gastar dinero, está supeditada a la suerte de no ser disuelto por las ordenanzas.
La sombra de los farolillos reflejados sobre el albero del Real. / Reyes Gallegos
Me contaban en el barrio de La Oliva que hasta hace un par de décadas las madres iban como espigadoras al desmontaje de la Feria de Abril, y que con los restos que recogían del suelo o de las casetas, en un acto comunitario cargado de creatividad, levantaban su pequeña feria en el barrio: las que llamamos velás, del latín vigilia o noche en vela. Aquellas fiestas no sólo suponían el fin de la primavera y el comienzo al verano. En aquellas ferias -sobre todo- se celebraba la vecindad, el espacio común y lo colectivo. Como dice Manuel Zapata, no eran un decorado, sino una forma de estar en el mundo. Muchas de esas velás desaparecieron como tales a medida que lo fue haciendo la vida en comunidad. No sólo se vallaron los bloques por dictado del sistema. Los vecinos dejaron de relacionarse entre ellos.
Saquen sus sillas a la puerta, recuperen las velás de sus barrios, organicen conciertos en sus plazas.
Saquen sus sillas a la puerta, recuperen las velás de sus barrios, organicen conciertos en sus plazas.
Este año, al primer buen tiempo o primavera le pido como Lefebvre el derecho a la ciudad, entendiéndola como soporte de experimentación y espacio donde reconstruir la memoria: saquen sus sillas a la puerta, recuperen las velás de sus barrios, organicen conciertos en sus plazas. Curiosamente, las palabras azar (suerte/casualidad) y azahar comparten la misma raíz etimológica árabe hispánico: az-zahr. Se dice que en los antiguos juegos de dados la cara que traía la suerte estaba marcada con un dibujo de una flor.
