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Esther Calvete y Abigail Huertas están cambiando lo que sabemos de las autolesiones adolescentes

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29.05.2026

32 grados, agosto, a las 5 de la tarde en cualquier piscina municipal del país. Una chica de 15 años hace cola para comprar un helado. Lleva una sudadera de manga larga atada al pecho. No se la quita para pagar, ni para sentarse en la toalla. Ni siquiera se la quita para entrar en el agua. Hay madres que la miran de reojo y piensan que es pudor. Hay padres que pasan al lado y no piensan nada. Lo que esa chica esconde debajo de la manga no es pudor. Es información, y hay datos para leerla. Datos que llevaban diez años escritos en un estudio y que explican lo que ven cada día los pediatras, las urgencias hospitalarias, los tutores de instituto y los teléfonos de ayuda.

Más de la mitad de los adolescentes españoles se ha hecho daño a sí mismo, de forma deliberada, en el último año. De ellos, 1 de cada 3 de manera grave: cortes, quemaduras, raspar la piel hasta sangrar, tatuajes caseros con una aguja. La edad media en la que empezaron no es la adolescencia. Es la infancia: poco más de 9 años.

Llévalo a un aula de 30 sillas. La clase de tu hija o de tu hijo, esta misma semana. En esa clase, 16 se han hecho daño este último curso, de ellos 10 de manera grave. Unos 5 han recibido tratamiento médico. Y solo 1 quería morir. Los otros 29 no querían morir. Querían parar de sentir.

A Esther Calvete llegué tirando de un hilo. Llevo meses intentando entender por qué se rompen mentalmente los adolescentes españoles. Cada vez que tiraba del nudo de las autolesiones aparecía un dato, y el origen solía estar en Bilbao. Calvete es catedrática de Psicología en la Universidad de Deusto. Dirige el grupo Deusto Stress Research, un equipo de unas 20 personas que el Gobierno Vasco reconoce como grupo de excelencia, sin interrupción, desde hace 15 años. La pregunta que se hacen es siempre la misma: qué rompe a los adolescentes.

En el otoño de 2014, Calvete y tres compañeras, entre ellas Izaskun Orue, terminaron de procesar 1.864 cuestionarios. Habían recorrido 22 institutos y 3 centros de formación profesional del País Vasco. Habían entregado a casi 2.000 adolescentes un formulario anónimo sobre algo de lo que en este país no se hablaba: si se hacían daño. Cómo. Cuántas veces. Desde cuándo. Con qué intención.

El resultado fue una cifra: 55,6%. No era una clínica. No era un hospital. No era un estudio sobre adolescentes ya en tratamiento psiquiátrico. Era una muestra normal del País Vasco. Adolescentes de instituto público y privado, urbano y rural, de clase baja, media y alta. Y más de la mitad reconocía haberse autolesionado en el último año.

El artículo se publicó en mayo de 2015 en Psicothema, la revista de referencia de la psicología científica española. Cuatro páginas y media que convirtieron a Calvete, casi sin querer, en la voz a la que ahora acude cualquiera que quiera entender este problema en serio. Lo que vino después fue casi más importante. Calvete incorporó al equipo a Juan Faura-García, un psicólogo y enfermero que hoy preside la Sociedad Internacional de Autolesión. Juntos adaptaron al castellano la entrevista clínica que en todo el mundo se usa para evaluar este problema. Demostraron, por primera vez en España, la conexión entre el ciberacoso y las autolesiones. Y acaban de publicar el estudio más reciente que existe sobre el tema en una de las revistas internacionales más prestigiosas.

Para entender lo que ha cambiado, hay que pensar en los cinco errores que casi todos los adultos cometimos durante décadas. Cinco cosas que dábamos por seguras y no lo son.

Lo que creíamos saber y no era verdad

1.- Creíamos que era cosa de chicas. No lo es. En la muestra de Esther Calvete, el 58% de las chicas se autolesionaron en el último año. Los chicos, un 53,3%. La diferencia es muy pequeña. La idea de que esto es un problema de chicas viene de las consultas hospitalarias, donde sí aparecen muchas más. ¿Por qué? Porque ellas piden ayuda. Ellos se hacen daño en silencio. "Ellos también, solo que no nos enteramos", resume Esther Calvete. Esa frase explica también, probablemente, por qué 9 de cada 10 muertes por suicidio adolescente en España son de chicos.

Creíamos que era el corte. No lo es. El método más frecuente en España no se parece al de las series americanas. Es la mordedura: el 48% se ha mordido. Después viene raspar la piel (18,6%), picar heridas (15,6%), pegarse a sí mismo (10,6%) y, solo entonces, cortarse (8,1%). Una mordedura en el labio interno no la detecta nadie. Una piel raspada se confunde con un roce.........

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