Al borde del acantilado: el antídoto humano frente al suicidio
El sol está cayendo y la luz dorada ilumina los acantilados de Cabo Peñas, en Asturias, mi tierra. El mar está como un plato, azul y tranquilo, y una brisa suave apenas mueve la hierba. Es una postal perfecta, de esas que te llenan de paz. Pero la persona que está parada justo al borde del precipicio no ve nada de eso. No siente el calor del sol en la cara ni la calma del paisaje. Por dentro, su cabeza es una tormenta que lo ha arrasado todo.
Esa persona ha colapsado. Y es importante que entendamos esto antes de juzgarla: no ha llegado hasta ese borde porque quiera morir. Eso es lo que parece desde fuera. Pero no es verdad. Quien se asoma a ese abismo en un día de sol no busca la muerte; busca desesperadamente dejar de sufrir. Busca apagar el dolor.
Los expertos lo explican con una imagen estremecedora: es como estar atrapado en una habitación en llamas. Cuando alguien salta por la ventana de un edificio ardiendo, no lo hace porque quiera estrellarse contra el suelo. Lo hace porque se está quemando por dentro y necesita que el sufrimiento pare de una vez. En ese momento el cerebro engaña. Se estrecha la mirada. Ya no ves a tu familia, ni el futuro, ni la belleza del atardecer. Solo sientes que te duele el alma. Y el mar, ahí abajo, brillante y quieto, parece prometer la única cosa que ahora mismo necesitas: silencio.
La psicología nos permite entenderlo. En un episodio depresivo grave, el cerebro entra en lo que algunos especialistas llaman "visión en túnel". La persona no ve opciones. No porque no existan, sino porque su sistema emocional está saturado. En ese estado, la idea de "apagar el dolor" puede parecer la única salida. No es un deseo de morir; es un deseo de dejar de sufrir. Por eso el silencio no protege. Aísla.
Una epidemia que no queremos mirar
Apartemos la vista del acantilado y miremos hacia nosotros. Porque esa figura recortada contra el sol no es una excepción aislada. Es parte de una epidemia silenciosa.
Mientras lees estas líneas, en algún lugar de España suena un teléfono con la peor noticia posible. Ocurre cada dos horas y media. Once veces al día. Si sumamos todos los días del año, equivale a que desaparezca un pueblo entero de casi 4.000 habitantes. Y lo más inquietante no es solo la cifra, sino la normalidad con la que convivimos con ella.
Hablamos mucho de los accidentes de tráfico. Nos ponemos el cinturón. Nos estremecen las campañas de la DGT. Pero el suicidio mata al doble de personas que la carretera. El doble. Y, sin embargo, no abre telediarios. Sigue siendo ese tema del que se habla en voz baja en los tanatorios, con eufemismos, como si afectara a otros. Como si fuera algo lejano. Esa es la mentira que nos........
