Los conciertos están hechos para gente a la que no le gusta la música
En los últimos días se han viralizado unas declaraciones de Guitarricadelafuente que explican bien el estado actual de la música en directo. Fue durante su show en el festival Lollapalooza Argentina. "Este espacio podrían haberlo dejado un poquito más para la gente, que está un poco vacío", dijo, señalando la carísima y desangelada zona VIP de las primeras filas. "Es ridículo, la verdad. Pero gracias por haberme traído". Fue respondido con aplausos de las filas más lejanas y suponemos que algún solitario pitido de las frontales.
A estas alturas deberíamos tener claro que la música —especialmente la música en directo de gran formato— está hecha para gente a la que no le gusta la música. Ni purismos, ni hostias: el macroconcierto es un símbolo de estatus, producto, supongo, de las redes sociales y del zeitgeist de nuestro tiempo, que dedica mucho tiempo a un ocio que se basa fundamentalmente en figurar. Estar ahí, bien, pero más importante, como Dominguín después de acostarse con Ava Gardner, es contarlo. Y por contar una cosa así la gente empeña la casa, aunque se haya pasado medio polvo distraído.
Hace no tanto, en los shows en vivo había una única categoría: público. Ahora hay dos. Figuras (entradas VIP, primera fila) y figurantes (el resto), aunque los primeros sean, paradójicamente, los más pasivos. Guitarrica se quejaba de esto; él es de mi generación, así que supongo que como yo vivió los últimos estertores de una época en la que las primeras filas se pagaban con ahorrillos y pasión, la de llegar mil horas antes al recinto y acampar o aguardar bajo el sol. No con pequeñas fortunas y ese engañabobos de las colas virtuales.
¿Por qué en los últimos tiempos tantos artistas parecen incómodos con su propio público? Miren alrededor: bosques de móviles, parloteo incesante, distancia física y simbólica, frialdad… Un músico, antes que nada, fue fan: alguien que hizo la cola con dieciséis años y adoró a gente que ahora pisa el mismo suelo que él. Puede que los conciertos sean cada vez más lucrativos; también son, parece ser, cada vez menos satisfactorios. Nadie disfruta ya de nada, ni encima ni debajo del escenario.
Los conciertos también son cada vez menos satisfactorios. Nadie disfruta ya de nada, ni encima ni debajo del escenario
Podemos hablar ya de una banalización de la música en directo, de una irrelevancia —excepto en términos económicos— cada vez mayor. Se usan las mismas palabras odiosas que para el resto del arte ("consumir", "experiencia"), se convierten los conciertos en telones de fondo, en decorados que usan la palanca del FOMO para generar más pasta.
La música en directo en España facturó, en 2024, 725 millones de euros solo en venta de tickets, dato récord histórico según la Asociación de Promotores Musicales. Al mismo tiempo, las salas pequeñas cierran en muchas ciudades por la subida de los alquileres, la presión legislativa, las quejas de los vecinos y, por qué no decirlo, un público cada vez más menguante, tanto demográficamente como por hábitos. El negocio crece; el ecosistema se encoge ante la falta de puntos de apoyo.
Los conciertos fueron, qué recuerdos, sitios en los que escuchar música y encontrarse, en los que compartir la pasión por artistas y canciones que nos aportaban algo mucho más que estatus o entretenimiento: sentido. Lo que ahora echamos en falta todo el rato.
