Carlos Cuerpo es la última víctima del vampiro Sánchez
Carlos Cuerpo asciende a la vicepresidencia primera sin biografía de partido, sin pasado orgánico, sin tribu reconocible. Asciende como ascienden los técnicos, por expediente y por confianza, no por territorio ni por militancia. Y ahí empieza la intriga. No en el nombramiento, sino en el proceso de transformación y de radicalización que requiere la convivencia con el vampiro.
Enternece la candidez con que Cuerpo asciende los peldaños del castillo de Transilvania. Hasta podría hipotetizarse que el fichaje de la nueva estrella es una enmienda integral a la etapa militante de María Jesús Montero, pero resulta legítimo sospechar que el heredero ha sido citado para el maquillaje del espectro sanchista.
La Moncloa funciona como un organismo que se regenera cambiando sus células. Cincuenta y cinco ministros han pasado ya por los gobiernos de Pedro Sánchez. La cifra impresiona menos por lo que significa que por lo que revela. Movimiento constante, renovación constante, nadie imprescindible salvo quien nombra. Un sistema así no premia la personalidad, premia la adaptación. Y la adaptación acaba moldeando a quien entra, por muy intacto que llegue y por muy amables que resulten sus maneras.
Se insiste en la condición independiente de Cuerpo como si la independencia fuera una propiedad estable. Tampoco Fernando Grande-Marlaska pertenecía a las esencias del PSOE cuando cruzó la puerta del Ministerio del Interior. Con el paso de los años ha encarnado una de las versiones más resistentes y fanáticas del gabinete. La cercanía al poder genera un fenómeno curioso. El recién llegado cree que aporta su perfil al Gobierno y con el tiempo descubre que el Gobierno ha modificado su perfil.
Cuesta mucho trabajo creer que Sánchez haya recurrido al nuevo voluntario para suavizar la imagen del Gobierno y convertir la economía en el recurso electoral. No ya por la manera en que el propio presidente se ha radicalizado en la fase de agonía, sino porque Cuerpo -igual que Arcadi España- será sometido a una terapia de adaptación por mimetismo.
No sucede de forma brusca. Sucede por convivencia. Primero llega la responsabilidad institucional, luego la solidaridad política, más tarde la defensa pública de decisiones ajenas, al final la convicción retrospectiva de que todo respondía a una estrategia necesaria. El trayecto no exige cambiar de ideas en un día. Exige acostumbrarse a decisiones que acaban cambiando las ideas.
La historia del poder ofrece muchos ejemplos de esa metamorfosis silenciosa. Joseph Fouché sirvió a la Revolución, a Napoleón y a la monarquía restaurada sin que pareciera que cambiaba de bando. En realidad, no cambiaba de bando, cambiaba de clima. Entendió que el secreto no consistía en la fidelidad a una causa, sino en la fidelidad a la supervivencia. Los sistemas políticos modernos han perfeccionado ese mecanismo. Ya no se sobrevive cambiando de régimen, se sobrevive adaptándose al líder.
Pedro Sánchez ha construido un modelo político donde la permanencia pertenece al presidente y la provisionalidad al resto. Los ministros entran, se desgastan, desaparecen, son sustituidos. La renovación evita la autonomía. Y la autonomía siempre resulta peligrosa en estructuras muy personalistas. En ese ecosistema desembarca ahora Carlos Cuerpo, con la serenidad del economista europeo y la reputación del funcionario brillante. Llega con prestigio técnico. Falta ver cuándo empieza a necesitar instinto político.
Porque la política no funciona como la administración. La administración busca soluciones correctas. La política busca soluciones posibles. La administración responde a normas. La política responde a equilibrios. La administración castiga el error técnico. La política castiga la deslealtad. Son mundos distintos, aunque compartan edificios.
El verdadero ascenso de Carlos Cuerpo no aparece en el Boletín Oficial del Estado. Ese ascenso administrativo ya se ha producido. El ascenso político empieza ahora, en el terreno invisible donde se decide si alguien permanece o desaparece. Permanecer cerca del poder exige aprender un idioma nuevo. Un idioma hecho de silencios oportunos, defensas inesperadas, entusiasmos sobrevenidos, convicciones adquiridas con el tiempo.
La intriga no consiste en saber si será un buen vicepresidente. La intriga consiste en saber si seguirá siendo el mismo dentro de unas semanas. El poder rara vez destruye a quienes entran en él. Prefiere algo más sofisticado. Prefiere transformarlos poco a poco hasta que dejan de recordar cómo eran antes de entrar. Y cuando eso sucede, ya no hace falta pedir obediencia. La obediencia se vuelve natural.
Ahí se decide la carrera de Carlos Cuerpo. No en Bruselas, ni en los presupuestos, ni en las reglas fiscales. Se decide en un terreno más antiguo y más simple. El lugar donde los hombres descubren que gobernar no consiste solo en tomar decisiones, sino en aprender a sobrevivir a ellas.
