menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Trump nos está enseñando cómo no se debe librar una guerra

9 0
thursday

En las guerras, el campo de batalla suele ser confuso, pero las intenciones estratégicas de los líderes políticos son, por lo general, claras. La primera parte de la afirmación se puede aplicar perfectamente a lo que está sucediendo en Irán. Hoy, por ejemplo, no sabemos si la próxima llegada al Golfo de un portaviones y tres destructores estadounidenses es solo una amenaza, la preparación de una nueva ronda de bombardeos o el inicio de la escalada definitiva mediante un desembarco de soldados en suelo iraní. Es la clase de cosas que no se saben.

Por lo que respecta a los objetivos políticos, en cambio, está claro qué quiere Benjamin Netanyahu: a falta de un cambio de régimen, destruir en el mayor grado posible el Estado de Irán para que este, y las guerrillas que actúan en su nombre, sean incapaces de atacar Israel. Ahora bien, ¿qué quiere Donald Trump?

En el transcurso de las siete semanas de una guerra que al inicio dijo que en ningún caso duraría más de cinco, Trump ha afirmado que su objetivo era decapitar el régimen para que los iraníes iniciaran una revolución. Ha dicho que ese cambio de régimen ya se había producido, que Estados Unidos ya tenía todo lo que quería y que, por lo tanto, podía cantar victoria. Poco después, amenazó con destruir la civilización iraní por completo. Ha dicho que un objetivo estratégico es abrir el estrecho de Ormuz, que estaba abierto el día antes de que él mismo iniciara la guerra. Y que el segundo es poner fin al programa nuclear iraní, a pesar de que el verano pasado dijo que ya lo había destruido mediante los bombardeos conjuntos con Israel. Toda paz negociada, en todo caso, incluye un pacto para frenar el desarrollo nuclear de Irán; en caso de que ambas partes lleguen a un acuerdo, será muy parecido al que estaba en vigor hasta que el propio Trump lo derogó.

Hasta hace poco, los partidarios de Trump podían sugerir que se trata de una muestra más de su astucia negociadora: generar confusión para acabar consiguiendo objetivos razonables. Pero ya nadie puede creerlo. En la guerra hay dos clases de objetivos: los militares y los políticos. No creo que Trump tenga claros los primeros, pero la superioridad del ejército de Estados Unidos es tal que puede conseguir prácticamente lo que quiera, aunque los riesgos son cada vez más elevados. Pero Trump, y la generación de asesores, ideólogos y secretarios que le rodea, no logran acordar un objetivo político definido. La charada negociadora de los últimos días, con un constante caos de mensajes cruzados sobre la apertura y el cierre de Ormuz, la prolongación del alto el fuego sin contrapartidas, o la convocatoria y desconvocatoria de las negociaciones en Islamabad, refuerzan esta sensación.

Parte de todo esto se debe al carácter de Trump, que resulta poco idóneo para una guerra compleja, cambiante y potencialmente larga. Pero también refleja algo más profundo. Y es que Estados Unidos lleva décadas librando las guerras así: sin tener muy claro qué quiere de ellas o, aun en caso de saberlo, ignorando casi por completo cómo lograrlo. Basta con pensar en Vietnam o, incluso, como proponía el periodista David Rennie, en el más simple bombardeo de Serbia, que fue mucho más largo y costoso para Estados Unidos de lo inicialmente previsto porque sus responsables tenían un conocimiento muy superficial de la realidad sobre el terreno. El ejemplo más reciente es la segunda guerra de Irak: George Bush cumplió con facilidad el objetivo militar de derrocar a Saddam Hussein, pero a partir de entonces todo se desmoronó, porque el objetivo político era absurdo —instaurar una democracia liberal— y los medios empleados —soldados que no sabían nada de la cultura sectaria del país, funcionarios exportados que no hablaban árabe, aliados renuentes— eran completamente inadecuados.

En esta ocasión, el gobierno iraní, en contra de lo que pensaba Trump hace siete semanas, no va a caer, ni mucho menos a rendirse. Tras cinco décadas en el poder, el régimen cuenta con una robusta cultura de la resistencia que se ha convertido en la base de su ideología y su poder. Y al parecer, ese régimen está quedando ahora en manos de sus facciones más radicales, como la Guardia Revolucionaria, que sí tienen claro su objetivo político: seguir en el poder. Para ello, están dispuestas a asumir todos los sacrificios que hagan falta y a explotar sin ninguna contención los muchos errores que ha cometido el Gobierno estadounidense por su falta de objetivos claros.

Lo cual nos deja solo dos opciones. O Trump se inventa de nuevo los objetivos políticos por los que fue a la guerra, afirma que ya los ha cumplido y anuncia una retirada. O vamos hacia una escalada mayor, aunque intercale periodos de negociaciones fallidas. Lo segundo parece mucho más probable.


© El Confidencial