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Malo para Sánchez: la imputación de Juan Manuel Serrano, su capataz

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Si Stefan Zweig pudiese elegir una sola persona para retratar y desmenuzar este periodo político, optaría por Juan Manuel Serrano. De todos los personajes es, en mi opinión, el destilado más puro del sanchismo.

Cero talento, cero inquietud y cero mundo. Es de esos tipos que se sientan en el cuarto de baño y no leen ni lo que pone en el champú. Sin embargo, es implacable en el sillón del despacho. Su virtud no es la inteligencia, no la capacidad de gestión. Y sí algo más prosaico y más peligroso: la obediencia de acero.

Cualquiera que ha tratado con él sabe que es el capataz perfecto. El hombre que no se molesta en pensar porque lo suyo es ejecutar. Si hay que purgar, purga. Si hay que colocar, coloca. Si se le pide encargarse de algo que nadie querría escrito en un sumario, puede darse por hecho que está hecho. Es frío, no se deja distraer por los debates morales y no tiene escrúpulos. Es discreto. Luca Brasi es Chimo Bayo a su lado.

Y la recompensa es el salario. Su llegada a Correos lo explica todo. Un hombre que no ha pegado un sello, que no ha llevado los números ni de una pyme, aterriza en la cúpula de la empresa postal con la única misión de ampliar el despacho de Moncloa. Única tarea: ser útil al presidente. Nada de mejorar el servicio ni de reforzar una compañía estratégica. Todo para que Correos deje de ser una herramienta del Estado y se convierta en otra pieza más en el engranaje del poder, aunque el precio sea arruinar lo que es de todos. Otro........

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