Sánchez le canta las cuarenta a Trump, pero puede salirle mal
España tiene un déficit comercial con EEUU de 13.400 millones de euros. Esto quiere decir que compramos más bienes y servicios a EEUU que ellos a nosotros. Cortar toda relación comercial es algo que, especialmente bajo la óptica simplista de Donald Trump de que el superávit comercial es bueno y el déficit comercial es malo, no interesa económicamente a Washington.
Dicho esto, no creo que la lectura racional-economicista sea la que prime aquí, sino algo que va más allá. El Gobierno de Pedro Sánchez se está desmarcando —probablemente más en público que en cuestiones de fondo— de algunos consensos europeos. El gasto en Defensa al 5% del PIB, por ejemplo, o el ataque de EEUU e Israel a Irán. Y esto genera tensiones con nuestros aliados tradicionales.
Solo Pedro Sánchez —con conveniente comparecencia a primera hora en Moncloa para dar respuesta al último eructo de Trump— está en la cabeza de Pedro Sánchez. Probablemente solo él puede responder a si este desmarque se hace por una convicción profunda o por cálculo electoral. O por las dos cosas.
Pero el historial de 'cambios de opinión' del presidente, justo en el momento preciso en que estos eran necesarios para seguir en Moncloa, hace que ahora mismo cualquiera de sus grandes decisiones nazca con el pecado original del puro cálculo electoralista.
Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión. Incluso un político que ha usado una opinión posteriormente repudiada para captar votos. Pero cuando lo hace, le debe una explicación clara y convincente a los ciudadanos. A los que lo han votado y a los que no.
No se puede pasar del cumplimiento íntegro de las penas a los indultos, y que la explicación sea que lo primero se dijo como candidato y lo segundo como presidente. La amnistía no puede ser inconstitucional y constitucional a la vez. El insomnio provocado por una vicepresidencia de Pablo Iglesias no puede ser tan pasajero. Y tantos y tantos otros. Recuerden cuando gobernar sin presupuestos no era gobernar, era como "tener un coche sin gasolina" o simplemente "estar durmiendo en la Moncloa".
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Creo que fue a Rubén Amón a quien escuché una vez decir que es curioso cómo los intereses de España están siempre, siempre, siempre escrupulosamente alineados con los intereses de Pedro Sánchez en cada momento.
Tanta mutación de opinión insuficientemente explicada lleva a pensar que primero se produce el cambio de intereses del presidente y luego, automáticamente, resulta que también han virado los intereses de España. Nunca a la inversa, como sería más ortodoxo en una democracia.
Y ahora, con lo de Irán y el gesto de no dejar usar las bases españolas —porque es solo un gesto que solo dificultará operaciones, no las impedirá—, algunos se preguntan cómo es posible que alguien piense que esto no nace de una profunda convicción de respeto al derecho internacional.
La realidad es que Sánchez, para una buena parte de la población, ha perdido hace mucho tiempo la presunción de autenticidad. Y si el cálculo electoral del presidente empieza a poner en riesgo empleos o encarece la factura energética, ese electoralismo le puede salir por la culata.
