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Guido Reni y Murillo: la belleza como catequesis

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26.02.2026

Sale uno como extasiado de la inmersión en la belleza de la exposición, que con el título de El viaje de la luz. De Guido Reni a Murillo, han organizado en Málaga la Fundacion Unicaja –cada día avanzando lentamente en la senda de la excelencia aún no alcanzada, pero alcanzable y exigible– y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que ha cedido para ello temporalmente algunas de las piezas más relevantes de sus fondos del barroco sacro. Para intentar poner orden en la agitación que produce en el cerebro el mundo de Trento y Venecia y el manierismo y Caravaggio y Reni y el misticismo y la Contrarreforma y Murillo, el visitante se sienta en una terraza de la plaza y piensa en todo lo que ha visto y experimentado, mientras contempla la imponente fachada barroca de la Catedral en la que las gigantescas columnas corintias se mezclan con orden y concierto con las salomónicas que rodean el medallón central de la Encarnación.

El barroco sigue impregnando las calles y plazas de Málaga como hace trescientos años. Los extranjeros contemplan en un silencio investigador y ajeno, mientras en una mesa cercana un grupo de turistas nacionales se explican a gritos unos a otros el porqué del espantoso apelativo de la basílica inacabada, sin hacerse entre sí el menor caso. Una chica discursea acerca de su situación económica desde el escalón de la fuente central, culpando por supuesto a quién menos relación tiene con su desgracia. Un pobre chiflado hace sonar una flauta con los tres únicos acordes que conoce. Dos calés tocan una guitarra que suena a lata, preguntándose insistentemente qué tendrá Marbella, qué tendrá la playa en una especie de letanía surrealista.

Las mesas ofrecen desde excelsos Negronis, a conatos de spanish paella, pasando por pizzas rebosantes de tomate y queso fundido de la universal y mareante seudo cocina italiana. En el carillón de la torre acabada suenan las notas de una melancólica malagueña, que indica que acaban de dar las siete de la tarde y la humedad que trae el levante desde el mar empieza a calar en los huesos. Imposible imaginar una atmosfera más barroca de gentío procedente de medio mundo, que deambula y se hace selfies de espaldas a la mole de mármoles de colores.

Y por si algo faltara, por una esquina del Palacio Episcopal aparece una cruz guía con hachones, seguida de dos largas filas de fieles que portan velas encendidas, anunciando la llegada del Vía Crucis de un viernes de cuaresma. Estamos en el siglo XXI en una ciudad pujante, cosmopolita, libérrima en costumbres y amante con toda el alma de sus devociones, recorrida por los posibles nietos de los que hace ochenta años destruyeron unas imágenes semejantes al Nazareno que ahora camina en silencio sobre un pequeño trono. Incluso es posible y probable que algunos de ellos ni sean creyentes. Pero la fuerza del barroco se despliega con todo su poder en momentos así y hasta se hace el silencio.

Porque el barroco de la Contrarreforma que puso la belleza en el imaginario colectivo de la Europa católica como catequesis –del griego "hacer resonar"– encendió genialidades que permanecen todavía haciendo resonar campanas de trascendencia. Solo el Cristo abrazado a la cruz de Guido Reni justifica por sí solo la grandeza de esta exposición. Hace muchos años un niño, hoy viejo, se extasiaba ante una Lucrecia suicidándose con el puñal en uno de esos salones cerrados que las viejas familias nunca abrían y que el olor a humedad dejaba un desagradable dulzor en las vías respiratorias.

Aquel cuadro era una excelente copia del XIX de esa Lucrecia de Reni. Y el niño aprendió el nombre de ese pintor y nunca lo olvidó. Y con el paso del tiempo descubrió que en el Museo del Prado había una deslumbrante coreografía de Hipómenes y Atalanta que cruzaban sus piernas como en un montaje de ballet contemporáneo de Bejart. Y la piel de los danzantes era sedosa y aterciopelada, joven, sana, limpia. Tan limpia y apolínea como la del Cristo abrazando la cruz, que muestra el movimiento levemente sinuoso de su gesto, que encierra el dolor contenido y sereno de la estatuaria clásica. Porque de eso se trata. De llevar al visitante a la verdad y a la bondad a través de la belleza, no a través del desgarro y los regueros de sangre de otras escuelas pictóricas.

Qué diferencia entre esta piel digna de Roger Scruton – igual que la del brazo de la asombrosa Magdalena de Murillo – y las pieles laceradas, sangrantes y despellejadas de un Ribera, también presente en la muestra. Y el hombre ya mayor piensa que ha tenido, a pesar de todo, una hermosa vida y contempla la plaza, que en su abigarramiento recuerda también a una pintura de la Riva degli Schiavoni, que acaba de ver en el interior y que no son sino muestras latentes de una forma de ser y vivir en que la norma es la belleza pase lo que pase. Y no la belleza inútil, sino la que conforma una manera de enseñar al que no sabe.

El Apolo cristianizado de Guido Reni se transforma en el Cristo que recorre las calles andaluzas y si proyectamos esta línea hasta la Málaga contemporánea, descubrimos que la estética barroca no es solo tradición religiosa, sino parte de la identidad cultural viva de Andalucía. Y ahí sigue latiendo la impronta de Reni, tan cercano a Rafael y a Murillo, que este no se entendería sin la elegante y contenida pasión del boloñés. Y ahí nace el canon del barroco andaluz como estética colectiva. La belleza formal de las imágenes, el cuidado anatómico expresivo, la dramaturgia luminosa, la música procesional, los rostros idealizados, el dolor contenido, la serenidad ante el sufrimiento – y cuánto ha sufrido este pueblo – y la sensibilidad mediterránea de los cuerpos al aire libre en las playas que el mar y el viento esculpen. Somos barrocos porque con nuestros antecedentes no podíamos ser otra cosa. Y hemos llegado a la conclusión de que estamos orgullosos de ello y nos gusta serlo.


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