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Ormuz no es una excepción, es un síntoma: la paradoja de la soberanía energética

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11.04.2026

La reciente crisis en el estrecho de Ormuz ha reabierto un debate de fondo sobre la soberanía energética que va más allá de los titulares inmediatos. Lo que está en juego no es solo el suministro energético a corto plazo, sino la arquitectura misma del sistema global. Irán ha demostrado, de facto, su capacidad para ejercer control sobre uno de los corredores marítimos más críticos del mundo, sin que la respuesta militar o diplomática haya sido suficientemente disuasoria en el corto plazo.

La pregunta que surge es incómoda: ¿en qué medida es sostenible un modelo energético basado en la libre circulación de recursos a través de rutas marítimas estratégicas en un contexto de creciente fragmentación geopolítica? Ormuz no es una excepción, sino un síntoma. El estrecho de Malaca o el canal de Suez —cuya interrupción en 2021 evidenció la fragilidad del sistema— son recordatorios de que el comercio energético global depende de una red limitada de puntos críticos y altamente vulnerables.

La respuesta de los países no ha sido uniforme, pero sí ilustrativa. Por ejemplo, Japón y Corea del Sur han recurrido a sus reservas estratégicas y han intensificado la búsqueda de proveedores alternativos. China, gracias a su política de almacenamiento y a sus acuerdos bilaterales, ha amortiguado mejor el impacto. India, en cambio, ha tenido que adoptar soluciones de emergencia. Los países del Sur Global, con menor capacidad de respuesta, han sido los más expuestos: restricciones al consumo, cierres de oficinas públicas y apagones programados en Bangladesh, Filipinas, Vietnam y Egipto.

Un nuevo orden energético: lecciones y horizontes

Cuando esta crisis remita —porque lo hará—, el sistema energético habrá cambiado de forma estructural y algunas tendencias parecen hoy irreversibles.

La primera es el fin de la energía barata y predecible. La geopolítica ha dejado de ser un factor externo para convertirse en un componente estructural del precio de los hidrocarburos. Incluso en escenarios de distensión, la prima de riesgo asociada al petróleo difícilmente desaparecerá.

La segunda es la aceleración de las inversiones en infraestructuras alternativas. Las tuberías terrestres que eluden Ormuz —el East-West Pipeline saudí, el Habshan-Fujairah emiratí— han quedado saturadas. Su capacidad combinada máxima es de apenas 3 millones de barriles diarios, insuficiente para reemplazar el volumen del estrecho. Los próximos años verán inversiones masivas en capacidad de bypass, terminales de gas licuado en nuevas ubicaciones y oleoductos continentales.

La tercera tendencia es la reconfiguración del mapa geopolítico de los minerales críticos. Si el mundo necesita más renovables para liberarse de la dependencia del petróleo del Golfo, necesitará también más litio de Chile y Argentina, más cobalto del Congo, más silicio y elementos de tierras raras procesados en China. Se sustituye una dependencia geoestratégica por otra.

En ese sentido, la cuarta lección es quizá la más compleja: la transición energética no reduce el peso de la geopolítica, sino que la redefine. Conviene preguntarse si estamos realmente avanzando hacia un sistema más seguro o simplemente hacia uno diferente, como advirtieron los académicos Bordoff y O’Sullivan. Las tensiones se desplazarán desde los mares del Golfo hacia las minas de litio, las cadenas de suministro de semiconductores y las redes eléctricas inteligentes. La soberanía energética del siglo XXI se jugará tanto en los desiertos solares del Sahara como en los astilleros donde se construyen los cables submarinos de corriente continua.

Lo que la crisis de Ormuz ha dejado al descubierto, con una brutalidad sin precedentes, es la fragilidad de un sistema construido sobre la concentración de recursos en pocos lugares, transportados por pocas rutas, sujetos a la voluntad de pocos actores.

Esa vulnerabilidad estructural no se resolverá con un alto el fuego. Requiere décadas de inversión, diplomacia y construcción de resiliencia. Pero la crisis también ha mostrado que, cuando el precio del petróleo supera los 100 dólares por barril, el mundo tiene urgencia y las renovables tienen precio. A veces el cambio más profundo no llega por convicción, sino por necesidad.

La diversificación de fuentes y rutas puede reducir algunos riesgos, pero también introduce nuevas complejidades. ¿Es menos vulnerable un sistema basado en minerales críticos concentrados en pocos países? ¿Hasta qué punto las renovables pueden desvincularse de las tensiones geopolíticas globales? ¿Y qué papel jugarán los Estados frente a actores privados en la construcción de esa nueva arquitectura energética?

En última instancia, el futuro energético no estará determinado únicamente por la disponibilidad de recursos, sino por la capacidad de gestionar esa complejidad en un entorno cada vez más fragmentado. Y esa es una pregunta que, por ahora, sigue abierta.

La transición energética está teniendo ya lugar, a un ritmo cada vez más acelerado, debido, entre otros, a conflictos geopolíticos como los que estamos viviendo. La soberanía energética depende, en gran medida, del desarrollo tecnológico y de infraestructura avanzada que tiene lugar en los diferentes países. Veremos, en un futuro muy cercano, cómo el mapa geopolítico se ve claramente influenciado por ello.

* Juan Diego Bernal es managing director en A&G Global Investors


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