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'Una tarde en el AVE' (microdrama costumbrista)

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28.06.2026

La estación de Atocha tiene una aureola de caos de la que no se desprende. Ningún taxista es capaz de recordar cuándo comenzaron las obras en el entorno de la estación, ni siquiera si son de alguna línea del Metro, de un subterráneo para ampliar la estación o de una excavación arqueológica de los orígenes de Madrid, por unos cráneos que aclaran el origen del 'homo df', como lo llamarían algunos periodistas catalanes, con más complejos que ingenio. "Es mejor que le dejemos por Méndez Álvaro, para que entre por detrás", dice el conductor, porque la entrada principal está colapsada y teme el hombre que pueda perder el tren. ¿Perder el tren? Eso sucedía antes, respondo sonriendo. Lo normal ahora es que sea el tren el que llegue tarde. Las escenas antiguas de señoras corriendo, arrastrando la lengua y las maletas, ya no se ven en la estación.

Ahora, lo normal es llegar a Atocha y comprobar que el vestíbulo está abarrotado, decenas de personas mirando una pantalla, como poseídas. Lo normal es que las pantallas anuncien demoras, lo excepcional es que se trate de cancelaciones, lo habitual es que no se ofrezca mucha información si hay problemas. Cuando los altavoces anuncian la salida de un tren, la pantalla cambia y todos los pasajeros que estaban esperando salen corriendo hacia la puerta de embarque. ¿Para qué corren?, podría preguntarse cualquiera, sabiendo que todos van a llegar al mismo tiempo al destino y que cada uno tiene su plaza asignada. Es absurdo, pero tiene una explicación. No sólo es esta vida acelerada, sobre todo en Madrid, sino las consecuencias sociológicas de la inseguridad que transmite Renfe. La gente corre inconscientemente, simplemente no se fía. Siempre se teme que algo más pueda pasar, a partir de que el tren haya llegado diez minutos tarde, o media hora. Hoy, esta tarde de miércoles, el embarque se produce con una hora de retraso.

Por el andén, camino ya del vagón........

© El Confidencial