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¡Es la productividad, estúpido!

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10.04.2026

James Carville, el estratega de Bill Clinton, popularizó aquello de "It's the economy, stupid!". Cuando el debate se llena de eslóganes, conviene volver a la pregunta importante: ¿estamos creando más prosperidad o sólo más actividad?

Pedro Sánchez ha celebrado que España supera por primera vez los 22 millones de afiliados. Es una buena noticia. Ojalá hubiera más. Conviene matizar: ese umbral corresponde a la afiliación desestacionalizada; la media de marzo fue de 21.882.147. Sigue siendo un dato fuerte. Lo que no es, por sí solo, es una explicación de por qué los salarios reales no despegan, por qué los márgenes siguen frágiles, y por qué España lleva décadas atrapada en una prosperidad mediocre para el esfuerzo que hacemos. ¿Conoces a alguien que te diga que trabaja poco? ¿O que trabaja menos que antes?

Un país no se hace más próspero porque haya más gente trabajando. Se hace más próspero cuando cada hora trabajada genera más valor. Y eso tiene un nombre poco atractivo pero decisivo: productividad.

El primer informe del Consejo de la Productividad de España lo explica con claridad. Entre 1999 y 2017, la productividad por hora creció un 9,5% acumulado, mientras la remuneración real por hora sólo aumentó un 3%. Dieciocho años para un 3%. No es exactamente una revolución silenciosa: es un país intentando avanzar con el freno de mano echado. Y lo más relevante del informe no es el dato, sino la causa que identifica: "La calidad de la gestión empresarial, la organización del trabajo y la capacidad de innovar en procesos y productos son los principales motores de la productividad". No estamos hablando de impuestos, ni de tipos de interés, ni de geopolítica. Estamos hablando de cómo se gestionan las empresas y de cómo trabaja su gente.

Ahí empieza la parte incómoda.

Es fácil decir que el presidente del Gobierno está tomando una posición interesada. Y lo está. Celebrar el récord de empleo es políticamente rentable porque ofrece una foto luminosa y evita la conversación desagradable: por qué España genera empleo mejor que productividad. Pero sería igual de estéril responder que toda la culpa es del Gobierno. De hecho, vista la calidad de nuestros gobernantes, cuanto más lejos, mejor.

Quienes tenemos que cambiar la forma de gestionar somos los empresarios. Quienes tenemos que cambiar la forma de trabajar somos los empleados. El Gobierno puede poner mejores o peores condiciones, regular mejor o peor, acertar más o menos. Pero la productividad, al final, se juega dentro de las empresas: en cómo se decide, cómo se organiza, cómo se prioriza, cómo se aprende y cómo se innova.

Y aquí España no va sobrada.

Según el European Innovation Scoreboard 2025, España innova menos que la media europea (ocupa el puesto 15 de 27 en el índice general). Cuando se baja al terreno que importa, el de la pyme, el cuadro empeora: puesto 22 de 27 en pymes que introducen innovaciones de producto, y 23 de 27 en innovaciones de proceso. La Comisión Europea señala esta última como una de nuestras principales debilidades relativas.

Innovar no significa lanzar el próximo cohete espacial, ni fundar el próximo unicornio, ni contratar a alguien que use palabras inglesas en reuniones largas. Innovar, en sentido económico serio, significa hacer algo mejor y diferente que cree nuevo valor: un proceso más eficiente, una propuesta más útil, un servicio mejor diseñado, una forma distinta de vender, atender, fabricar o decidir.

En una pyme, eso no debería ser una excepción heroica. Debería ser una práctica recurrente. Porque la productividad no es un proyecto: es un requisito permanente que se crea a través de hábitos sanos. Y la innovación es uno de los hábitos que más productividad genera cuando deja de ser una ceremonia y se convierte en disciplina.

El problema es que el modelo convencional de innovación no está pensado para pymes. La probabilidad real de éxito de un proyecto de innovación ronda el 18%: sólo una minoría llega al éxito comercial, y una parte relevante fracasa además en el lanzamiento. Si cada proyecto convencional cuesta del orden de 120.000 euros, y una pyme media dedica alrededor del 0,75% de su facturación a innovación (INE, 2024), hace falta facturar unos 90 millones para permitirse los cinco o seis intentos que la estadística suele exigir para que uno salga bien. Las empresas con facturación superior a 90 millones son el 0,3% del total. El 99,7% restante no se lo puede ni permitir.

Aquí aparece la oportunidad: la IA.

Nunca había sido tan barato experimentar. Nunca había sido tan fácil prototipar una idea, automatizar una tarea, rediseñar un proceso, simular un escenario, testar un mensaje comercial, analizar datos o producir una primera versión funcional de algo nuevo. Pero el propio Consejo de la Productividad advierte: una adopción lenta de la inteligencia artificial puede ampliar la brecha frente a otras economías avanzadas. La ventana se abre y se cierra a la vez.

El debate serio, entonces, no es si el dato de empleo es bueno o malo. Es bueno. El debate serio es otro: qué estamos haciendo para que ese empleo genere más valor, mejores salarios, mejores empresas y bienestar más sostenible. Porque si la respuesta sigue siendo "más de lo mismo, pero con un PowerPoint sobre digitalización", no estamos reformando nada. Estamos decorando la inercia.

La productividad no sube sola. La innovación tampoco. Las dos exigen algo previo, y bastante menos sofisticado de lo que parece: actitud. Actitud para cuestionar lo que hacemos, para aprender lo que no sabemos, para probar cosas nuevas, para hacer mejor y diferente lo que hoy hacemos regular y parecido. Lo demás se aprende.

La IA no sustituye la actitud, pero reduce brutalmente el coste de ponerla en práctica. Y eso cambia las reglas del juego, sobre todo para pymes.

Así que menos euforia con el titular y más incomodidad útil con la realidad. El problema de España es que seguimos sacando demasiado poco valor del trabajo que hacemos. Eso no lo arregla una foto. Lo tenemos que arreglar todos, empezando mañana por la mañana, cambiando una manera concreta de gestionar, de decidir o de trabajar.

La pregunta no es si hay que hacerlo. La pregunta es qué vas a cambiar tú antes de que termine esta semana.

*Ignacio Linares, CEO y cofundador de SOI ESP.com


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