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María Jesús Montero en Rocroi

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02.04.2026

Imagínese que ha alcanzado un estatus profesional muy relevante, ocupa un puesto con mucho poder e influencia, algo para lo que ha trabajado toda su vida, haciendo para ello numerosos sacrificios que, a simple vista, ante el brillo del pedestal, no se aprecian. Pero que están ahí y son muchos, créame. Podría decirse que lo tiene (casi) todo y disfruta de ello, porque los sinsabores, que también los hay, se ven compensados. Y en eso su jefe, la única persona que tiene un poder de decisión superior, le encarga una tarea ingrata, que no le apetece nada, supone una degradación de facto y, por si fuera poco, además está condenada al fracaso, salvo que medie un milagro.

"La mujer con más poder del conjunto de la democracia", como ella misma se definió, se ha visto embarcada en esta batalla con todas las de perder contra Juanma Moreno y contra la propia historia del PSOE andaluz. Hay decisiones políticas que suenan a cálculo, otras a supervivencia, y algunas pocas a ese gesto antiguo, casi romántico, de dar un paso adelante cuando la tormenta ya ha empezado. La designación de María Jesús Montero como candidata del PSOE a la Junta de Andalucía puede pertenecer un poco a cada una de esas categorías…. Porque, conviene recordarlo, no se trata de un ascenso, ni siquiera de un movimiento lateral. Es, más bien, una bajada al barro con tacones prestados y paraguas agujereado.

Dejar la vicepresidencia del Gobierno y el Ministerio de Hacienda no es exactamente cambiar de despacho, es abandonar una de las salas de máquinas del Estado. Renunciar a esa palanca para encarar unas elecciones autonómicas que, según todos los sondeos, se presentan cuesta arriba tiene algo de voluntariado político, una mezcla de responsabilidad institucional y sacrificio personal que no abunda en tiempos de carreras milimétricamente planificadas. Porque si Mariano Rajoy soltó aquello de "Juanma, tú lo has querido" en 2014, cuando el actual presidente de la Junta de Andalucía fue nombrado líder del PP andaluz, ahora podría decirse que Pedro Sánchez ha optado por "María Jesús, tú no lo has querido, pero es lo que hay…".

La política contemporánea se ha acostumbrado al movimiento ascendente, al cálculo frío y a la retirada preventiva. Se sube cuando el viento sopla a favor y se aplaza cuando el horizonte se nubla. En ese ecosistema, aceptar liderar una candidatura con pronóstico adverso tiene un punto de anacronismo. Es como pedirle al capitán que abandone el puente de mando de un transatlántico para ponerse a remar en una barca que hace agua. Puede parecer irracional, pero también tiene algo de coherencia: si la organización necesita a alguien con peso, experiencia y capacidad de aguante, no sirve cualquiera.

Y ahí aparece el elemento más humano del asunto. Porque la decisión implica, también, una renuncia personal. Pasar del Consejo de Ministros al circuito autonómico significa modificar la escala, el foco y el margen de maniobra. Supone aceptar menos influencia directa en la política nacional, más exposición territorial y un riesgo evidente: si el resultado es malo, el coste será propio.

Hay, además, un componente simbólico. Andalucía no es una federación más del PSOE, es una especie de laboratorio sentimental donde el partido aprendió a gobernar durante décadas. El retroceso socialista en la comunidad ha sido leído como algo más que una derrota territorial: casi una pérdida de identidad. En ese contexto, enviar a una dirigente de primera línea supone asumir que el problema no se arregla con parches ni con nombres de segunda fila. Se necesita alguien dispuesto a asumir el desgaste, a recibir los golpes y, si hace falta, a firmar el resultado, sea cual sea. Y, de paso, se tiene bien controlada la estructura del partido a nivel regional por lo que pueda pasar.

Los precedentes similares no son nada halagüeños. No puede decirse que ni Pilar Alegría, ni Diana Morant, ni Óscar López hayan supuesto un revulsivo. Entre los exministros que han bajado un escalón, solo Salvador Illa ha triunfado. Mientras que un candidato ajeno al sanchismo, y que además se ha empeñado en dejarlo claro, como Carlos Martínez en Castilla y León, acaba de obtener un buen resultado.

La política necesita, de vez en cuando, gestos que rompan la lógica del confort. No tanto por épica, que suele ser un recurso literario, sino por responsabilidad. Asumir una candidatura difícil no garantiza la victoria, pero sí envía un mensaje interno: alguien está dispuesto a cargar con la mochila cuando pesa. Y eso, en un tiempo donde abundan los equilibristas, tiene un valor casi contracultural.

Montero se enfrenta a una estructura interna desmotivada y con cierta resignación, a unos sondeos muy desfavorables y a un Juanma Moreno exultante y ya recuperado del fuerte golpe a nivel de popularidad que supuso el escándalo de los cribados del cáncer de mama. Ahora igual le pone un día una vela a Felipe González y otra a Morante de la Puebla, que el siguiente a la Duquesa de Alba o a Manu Sánchez, lo mismo hace de Raúl Pérez con Pablo Motos en prime time que de presidente-buena-gente asumiendo el tratamiento de Leo, el entrañable niño con la enfermedad de la piel de mariposa.

Todo el mundo sabe además cuál es la situación, pero ella debe afanarse en transmitir ilusión para movilizar a sus votantes… sin resultar una ilusa alejada de la realidad. Y no es nada fácil. Recuerda a esa maravillosa escena final de la espléndida película de Agustín Díaz Yanes sobre el Capitán Alatriste, el personaje creado por Arturo Pérez Reverte, en la que, por cierto, suena de fondo la marcha de Semana Santa La Madrugá. Tras la durísima batalla de Rocroi, diezmados, exhaustos y ya sin munición los soldados españoles, el Duque de Enghien les ofreció una rendición honrosa por haber combatido con valor. La respuesta de Alatriste es tan escueta como gráfica: "Agradecemos sus palabras, pero esto es un Tercio español". Y los Tercios no se rinden.


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