La nueva Guerra Fría no la va a ganar EEUU
Es probable que el mayor error de EEUU al atacar a Irán con un objetivo cada vez más difuso—Israel tiene intereses expansionistas propios en la región que van más allá que derrotar a Teherán— vaya a ser que con su estrategia ha contribuido a crear un mundo más fragmentado y menos cooperante. Y lo que es peor, articulado en torno a la hostilidad política y económica entre naciones, un viejo concepto que llegó a caer en desuso hace no demasiados años, pero que ahora aflora con crudeza. Incluso, si logra derrocar al régimen teocrático de los ayatolás, lo que a estas alturas de la guerra parece difícil.
No es una buena noticia para Washington, que desde 1944 ha disfrutado de la hegemonía económica gracias al sistema financiero diseñado en Bretton Woods, criticado en su día por Keynes en sus discusiones con Harry Dexter White, el principal negociador estadounidense. De ambos, dijo el periodista Tony Barber, editor del Financial Times, que eran “tan distintos como el bourbon y el té de la tarde”.
De Bretton Woods salió un mundo diseñado a la medida de EEUU gracias a los que Valéry Giscard d'Estaing denominó en los primeros años 70 “exorbitante privilegio” del dólar. La caída del Muro, décadas después, hizo el resto y desde entonces el planeta ha financiado los formidables desequilibrios internos y externos de la economía de EEUU (39 billones de dólares de deuda pública, aquí los datos). Algo que le ha permitido a EEUU, por ejemplo, lograr que el nivel de vida de un ciudadanos promedio de Francia o el Reino Unido, medido por la renta disponible, sea similar al que tiene Mississippi, el estado más pobre del país.
De Bretton Woods salió un mundo diseñado a la medida de EEUU que Giscard d'Estaing denominó en los años 70 “exorbitante privilegio"
Europa, a cambio de subcontratar la defensa en Washington, disfrutaba de los dividendos de la paz, mientras que con el ahorro de los alemanes y los países del norte financiaba los gigantescos déficits presupuestarios de EEUU, que desde los años 50 ha financiado sus guerras y su alto nivel de vida con deuda, no con ahorro interno. Había triunfado el llamado Consenso de Washington, una serie de recetas ortodoxas en economía política que a la postre abrió las puertas al modelo de globalización que el mundo ha conocido desde que China, a principios de este siglo, ingresó en la Organización Mundial de Comercio (OMC).
Empobrecimiento del vecino
La principal idea que sustentaba la globalización era, precisamente, que gracias a la interdependencia económica y financiera, a través de las cadenas globales de aprovisionamiento y el auge del comercio, el planeta entraría en una especie de paz perpetua. O expresado de otra forma, con el nuevo escenario geoeconómico que surgió tras la derrota de la Unión Soviética, debía prevalecer el interés mutuo frente a las políticas de empobrecimiento del vecino practicadas en los años 30 del siglo pasado y que acabaron, como todo el mundo sabe, en la mayor tragedia del siglo XX.
El auge de China y, en general, la aparición de nuevas potencias regionales gracias al comercio puso en guardia a EEUU, incluso antes del segundo mandato de Trump. Biden mantuvo los aranceles y la expansión de la OTAN hacia el Este —aprobada por sus antecesores— era una señal clara de que Washington había adoptado una nueva visión estratégica, más beligerante, pero también más defensiva, ante la nueva correlación de fuerzas.
A veces se olvida que Occidente representa el 12% de la población mundial, y que el 88% restante vive en el Sur Global
Donald Trump, de hecho, no es más que un acelerador de esa tendencia. Desde luego, con formas más groseras y menos sutiles, pero ya hay argumentos para creer que Washington, en su sentido más estratégico, busca una reconfiguración del orden mundial, y es, en este escenario, en el que hay que situar el renovado interés de EEUU por la geografía: Groenlandia, Venezuela, Panamá, Perú, Irán y Cuba, aunque en este último caso más por una cuestión de supremacía que por un interés estratégico. La isla ya no supone ninguna amenaza para Washington, pese a lo cual la Administración Trump se ha ensañado con ella.
La novedad estriba en que si antes las intervenciones de EEUU fuera de su territorio —Afganistán, Irak o Libia— no cuestionaban el orden mundial, ahora Trump, con su alocada política exterior, ha disparado los mecanismos defensivos de los que disponen los gobiernos, anteriormente dormidos por la hegemonía de EEUU. Lo que ocurre ahora, sin embargo, es que si se impone la nueva geopolítica quien más sufrirá será, precisamente, el país que más se ha beneficiado de la geoeconomía que salió de la posguerra, ya que la fragmentación del comercio creará nuevas áreas de interés mutuo ajenas a Washington. Cooperación frente a imposición.ç
A veces se olvida, como han puesto de manifiesto algunos diplomáticos, que Occidente representa el 12% de la población mundial, y que el 88% restante vive en lo que se ha denominado Sur Global, cuya capacidad de respuesta conviene no subestimar. También la supremacía militar, como se está viendo en Ormuz, tiene sus límites. EEUU ya no es el país victorioso que salió de 1945.
Seguridad, seguridad…
Conceptos como la seguridad alimentaria, la seguridad energética, la seguridad militar o la seguridad tecnológica son la antesala de una realineamiento estratégico, en clave regional o nacional, que recorre el mundo, cuestionando, precisamente, la hegemonía de EEUU, cuya capacidad de imponer su orden, a través de mercados integrados, como SWIFT, que facilita el movimiento de capitales, y la nube, se irá resquebrajando con el tiempo ante el resurgir del Estado-nación como sujeto de la acción política o a través de la construcción de nuevos bloques con capacidad para discutir la supremacía de Washington en el ámbito de la geoeconomía.
Irán, por ejemplo, ha demostrado al mundo su enorme capacidad para hacer daño mediante el uso coercitivo de un punto estratégico como es el estrecho de Ormuz, y otros muchos países pueden caer en la misma tentación a la hora de suministrar materias primas o minerales críticos, produciendo perturbaciones en la economía mundial. Mala noticia para Washington.
A veces, el éxito táctico —los bombarderos sobre Irán o la invasión del sur del Líbano— se confunde con el progreso estratégico
Suez, el Canal de Panamá o el estrecho de Malaca son puntos cruciales cuyo buen funcionamiento depende en última instancia de la temperatura que arroje el termómetro geopolítico. Y hoy, guste o no, los cuellos de botella de la economía global son numerosos, como se demostró en la pandemia, cuando hasta EEUU, un país autosuficiente en muchos terrenos, sigue siendo una economía mucho menos abierta que la Europa, sufrió porque su sistema productivo está necesariamente interconectado en la medida que la integración en cadenas de producción aumenta la eficiencia económica. Lo que se sabe por ahora es que la idea de Trump de relocalizar en EEUU las plantas industriales que se fueron es un auténtico fracaso. Por muchos aranceles que ponga la Casa Blanca, producir en Vietnam o México es mucho más barato que en Detroit.
Es en en este contexto en el que hay que situar la guerra en Oriente Medio no como un conflicto armado, sino como un shock que amenaza con convertirse en un profundo realineamiento estratégico —por razones defensivas— ante la creciente hostilidad de Washington, que antes, sin disparar un solo tiro, era capaz de imponer su propio orden y beneficiarse de los dividendos de Bretton Woods y de su capacidad militar. Hasta Europa, siempre dócil con EEUU, ha puesto en circulación concepto como autonomía estratégica, impensable en otro tiempo, aunque todavía, hay que decirlo, con escaso éxito tras la firma del humillante pacto de los aranceles en un campo de golf del propio Trump.
El problema para Washington es que está cerca de un punto de no retorno. Es decir, cuando su política exterior se alimenta de una escalada que le lleva a construir una situación en la que los actores incrementan el nivel de conflicto fuera ya de cualquier racionalidad, lo que en última instancia hace más difícil volver hacia atrás sin incurrir en pérdidas que superan los beneficios iniciales del conflicto. Tanto para EEUU como para sus rivales. Y es que, a veces, el éxito táctico —los bombarderos sobre Irán o la invasión del sur del Líbano— se confunde con el progreso estratégico. Y la deriva exterior, acelerada desde la llegada de Trump y su compañero de armas, Netanyahu, sólo creará problemas y pocas soluciones.
