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Trump y el síndrome del piloto borracho

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30.03.2026

Un subidón para quienes aún confiamos en una reacción social e institucional que frene a Donald Trump, a la vista de sus declinantes índices de aceptación entre los ciudadanos. Cientos de miles de norteamericanos se echaron a la calle este fin de semana para denunciar sus desvaríos al grito de "No Kings" (No queremos reyes).

Nos previenen ante un César todopoderoso con alma de fascista, aunque preferimos hablar de "autoritarismo". Lo explica muy bien la filósofa norteamericana Susan Neiman ("El mal en el pensamiento moderno").

En el caso de Trump, ni siquiera mantiene unidos a sus seguidores del movimiento MAGA ("Make America Great Again"), que tanto recuerda a la Alemania de Hitler resentida por la paz impuesta a los "culpables de la Primera Guerra Mundial en el Tratado de Versalles (1919).

Pero otros vemos algo peor y, desde luego, más actualizable que la tentación absolutista de un monarca del siglo XVIII. Lo que detectamos los plebeyos del siglo XXI es el síndrome del piloto borracho. Afecta a los pasajeros del mismo vuelo después de haberlo visto pasar hacia la cabina de mandos con síntomas evidentes de embriaguez.

Y eso ha derivado en una paranoia universal comparable a la del coronel Kurtz de "Apocalypse Now", si cambiamos "horror" por "incertidumbre" ante las caóticas decisiones del cabestro de la Casa Blanca.

El tejido institucional se desgarra por la lógica de un matón descreído de los usos y costumbres de la democracia.

No sabemos si el movimiento antitrumpista "No Kings" irá a más sin una reacción del tejido institucional desgarrado por la lógica de un matón descreído de los usos y costumbres de la democracia. Por ejemplo, la separación de poderes. Procede recordar que atacó Irán sin autorización previa del Congreso, recurriendo al viejo truco de llamar "operación militar" y no "guerra" al resultado de sus irreflexivos favores al Israel de Netanyahu en el avispero de Oriente Medio.

De eso acaba de cumplirse un mes y la situación, que sigue sin responder a un objetivo claro, más allá de ensanchar la maléfica sonrisa de Netanyahu, se enreda cada vez más. Ahora, con las turbadoras perspectivas de colapso en distintos frentes y eventual invasión terrestre compensada con brumosos rumores sobre la negociación de un eventual fin de las hostilidades.

No obstante, y como reflejo de la caída de Trump en los índices de aceptación popular, las manifestaciones masivas del fin de semana en las principales ciudades de EE. UU. son consoladoras. Por una parte, acreditan que el trumpismo no es un proyecto mayoritario de los estadounidenses. Y por otra, invitan a predecir un mal resultado de los republicanos en las elecciones de noviembre.

Una pérdida de influencia numérica en la Cámara de Representantes sería la inmediata consecuencia política del desasosiego del pueblo norteamericano. Y para eso, para bloquear la capacidad legislativa de Trump, a los demócratas les bastaría con conseguir tres escaños más (si se mantuviera la disciplina de voto) respecto a la última renovación de la Cámara de Representantes (2024).


© El Confidencial