A alguno le vendría bien una pedrada
A alguno le vendría bien una pedrada
Japón, quince años tras el tsunami: aprender a vivir sin crecer
En los años 70, la privacidad era un concepto difuso que se negociaba de ventana a ventana en los patios de luces entre tendederos de ropa. No había redes digitales, sino un complejo sistema de intercambio de información analógica entre el vermú del domingo, las cartas a mano y los teléfonos con cable. Éramos piezas de un engranaje vecinal donde todo se sabía, pero nadie te vigilaba.
Nuestra libertad tenía una dimensión que hoy resultaría casi delictiva. Nos íbamos de casa con un simple «salgo a jugar» y desaparecíamos del radar adulto. Las pandillas no explorábamos: colonizábamos. La propiedad privada era una sugerencia abstracta que se ignoraba ante un árbol al que trepar, una tapia que saltar o una manzana ajena que, por el simple hecho de ser «sustraída», sabía a gloria. Vivíamos en la calle, bebiendo a morro de mangueras, compartiendo chicles y disputándole la jerarquía del barrio a........
