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Serenísima Laffón, donde la luz se difumina en el lienzo

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12.07.2026

Serenísima Laffón, donde la luz se difumina en el lienzo

Bodegón del galletero. Carmen Laffón.

“La mujer sin sombra”. Así quiso titular Richard Strauss una de las óperas más complejas y atractivas tanto del repertorio del autor como de la historia operística. La pintura de Carmen Laffón (Sevilla, 1934-Sanlúcar de Barrameda, 2021) se caracteriza por lo mismo: en sus cuadros la umbría está ausente; persiguen sus pinceles la claridad con la misma persistencia con la que Howard Carter buscó la tumba de Tutankamón; es la luz la que permite llenar de veladuras los contornos de la realidad, y la difumina, y la hace evanescente hasta que en un proceso de birlibirloque pictórico termina convirtiendo la figuración en algo más parecido a una ensoñación superrealista que a una fotografía de lo exterior, sea un paisaje doméstico o de naturaleza. Solo de manera tardía, ya entrado bien el año 2000 (El Coto desde Sanlúcar I y II), se permite la autora acercarse a la oscuridad a partir de una profusión de azules tan bellos e irisados que ni siquiera la luna es capaz de solicitar su lugar en la aurora del cuadro, y una atmósfera parecida a un adagio parece deambular por el río Guadalquivir hasta encontrar su lugar de cobalto en Bonanza.

Gran acierto el del Museo Nacional Thyssen-Bornemizsa en dedicarle una exposición a esta magnífica pintora cinco años después de su muerte. Pintora y escultora, se matiza. Una mujer que hilvana lenguajes, y que, como tantos artistas del sur, lo envuelve todo con un celofán invisible pero perceptible de lirismo, como si la realidad no fuera objetiva sino respondiera a los efluvios de un eterno sueño que solo adquiere su despertar en las fronteras estrechas de un cuadro. Y es entonces cuando los contornos de los objetos plasmados con el pincel parecen sufrir una especie de esfumado, y los retratos, más que responder a una plasmación de las faces, se someten al escrutinio de emociones........

© El Adelantado