Cuando el aplauso remplaza la verdad
Cuando el aplauso remplaza la verdad
Ana Janneth Ibarra Q.
Hay una pregunta que todo líder debería hacerse antes de conformar su equipo, ¿Estoy eligiendo a los mejores o a los más leales?
En teoría, la respuesta parece obvia. Toda organización, empresa, entidad pública, fundación, gobierno o equipo de trabajo necesita capacidades sólidas para alcanzar metas, cumplir propósitos y enfrentar desafíos cada vez más complejos.
Sin embargo, en la práctica, ocurre algo distinto, muchos líderes terminan privilegiando la lealtad por encima de las competencias.
Ese error se paga caro, la lealtad es un valor. Nadie lo discute. Pero las organizaciones no se sostienen por lealtad, se sostienen por resultados.
No avanzan por afecto, sino por capacidad. No crecen por aplausos, sino por ejecución.
El problema surge cuando la lealtad deja de ser un valor y se convierte en un filtro de selección.
Entonces el líder empieza a rodearse de quienes no lo contradicen, de quienes validan cada decisión, de quienes celebran cada intervención.
Se conforma así un equipo que no cuestiona, no tensiona, no desafía. Un equipo demasiado cómodo. Máxime cuando el liderazgo no es un concurso de popularidad.
Un barco no se salva porque su tripulación ovacione al capitán. Se salva porque alguien sabe leer el clima, ajustar las velas y anticipar la tormenta.
La lealtad no reemplaza el conocimiento técnico. La cercanía no sustituye la experiencia. La obediencia no garantiza resultados.
Cuando un líder prefiere lealtad sobre capacidad, en realidad está protegiendo su ego antes que el propósito.
Y ese es el punto más crítico. El equipo de aplausos genera una ilusión peligrosa, “todo va bien”.
Nadie advierte errores, nadie señala riesgos, nadie cuestiona el rumbo. Sin embargo, la realidad no se modifica por consenso emocional, los indicadores no mejoran por unanimidad, las crisis no se resuelven con aprobación.
La incompetencia cobra factura. Y la cobra en oportunidades perdidas, en decisiones mal ejecutadas, en desgaste institucional, en reputaciones dañadas y en talentos valiosos que se marchan porque no encuentran un entorno exigente y profesional.
Paradójicamente, la verdadera lealtad no es la que calla. Es la que advierte. No es la que aplaude todo. Es la que protege el propósito incluso cuando eso implica incomodar al líder.
Elegir bien exige frialdad para evaluar competencias con objetividad, frialdad para reconocer que el talento a veces incomoda, frialdad para entender que quien más cuestiona puede ser quien más te cuida y cuida el proyecto.
Rodearse de los mejores no siempre garantiza tranquilidad, pero sí aumenta las probabilidades de éxito. Rodearse de quienes más aplauden garantiza tranquilidad inmediata, pero compromete el futuro.
Un líder maduro no teme la capacidad ajena, la busca, la promueve, la integra. Porque al final, las organizaciones no fracasan por falta de lealtad. Fracasan por falta de gestión y falta de competencias de quienes la integran.
Ana Janneth Ibarra Quiñonez
