El jardín de las delicias
De mis años como docente en Campillo de Arenas, añoro una de las actividades que un grupo de compañeros diseñamos para el último curso de Bachillerato: visitar en un día los tesoros de Madrid. No es legítimo cruzar la mayoría de edad sin propiciar ese diálogo que el gran estuario de la memoria establece con la verdad irrefutable emanada del arte, la profunda aporía de sus riesgos, el paradigma revolucionario de ese ángel visionario que nos apresa en el desliz de la contemplación como una lámpara que alumbrase el contorno de aquello que va conformando nuestro sentido de la maravilla, nuestro genuino sentido de la verdad. Cada año nos encajábamos en el Museo del Prado entre la curiosidad ajena para disfrutar, entre otras pinturas, de la gran ensoñación del tríptico “El jardín de las delicias”, de El Bosco, y encendíamos la porosidad existencial ante la revelación que delicadamente asoman sus criaturas. En la tabla central, donde se erigen las inéditas formas advertidas por el pintor........
