Allegro ma non troppo
De pequeño, nunca me gustó dormir la siesta. En verano, mi familia alquilaba una casa en el Puente Jontoya. Era el paraíso: gran lonja, piscina, caminos, bicicletas y, sobre todo, una familia amplia y bulliciosa. Pero este edén tenía una excepción diaria: la hora de la siesta. Tras la comida, se instalaba en la casa un sopor absoluto y pesado, casi físico, con el zumbido de las chicharras de fondo. Fuera, el calor caía a plomo; dentro, absoluto silencio: la familia dormía. Mientras, yo deambulaba deseando que la siesta pasase lo más rápido posible.
Hoy, esa quietud no me parece tan desagradable.
Vivimos en un mundo acelerado. Todo va rápido: caja rápida en el supermercado, entrega rápida de paquetes, comida rápida, transferencia inmediata, bizum al instante, rasca y gana al momento... Donde antes........
