Un debilitamiento que preocupa
Soy caficultor y trabajo de la mano de la Federación. Cada mañana, cuando reviso la finca, pienso en números, en café y en familias que dependen de este grano. Por eso, cuando escucho que los empresarios dicen que la economía de Colombia tiene un debilitamiento estructural, no lo veo como un titular lejano: lo vivo en el campo y lo siento en mis finanzas.
Según el DANE, el Indicador de Seguimiento a la Economía (ISE) creció apenas 1,5 % en enero de 2026, un número pequeño si consideramos que sectores clave deberían jalonar la economía. Al mirar de cerca, las actividades primarias —donde entra nuestra agricultura y la minería— tuvieron una caída del -2,4 %, mientras que la industria y la construcción registraron -1 %. Solo los servicios y comercio crecieron, con 2,7 % de incremento, destacándose administración pública, salud y recreación con 4,5 %. Esto muestra que gran parte del crecimiento viene del gasto público, no de la producción real.
Para nosotros los cafeteros, la garantía de compra de la Federación es una tabla de salvación. Hoy, el precio de referencia interno está alrededor de 2,3 millones de pesos por carga de 125 kilos, mientras que producirla puede costar entre 1.500.000 y 1.800.000 pesos, dependiendo de los insumos y la zona. Esa seguridad nos permite planear, sembrar y vender, algo que muchos otros emprendedores no tienen.
Pero esto no es solo un tema de números en la finca. Las tiendas de café, los emprendimientos de baristas y los pequeños negocios de café de especialidad también sienten el impacto. Cuando los sectores productivos se enfrían y la gente reduce consumo, esas iniciativas, que son clave para generar empleo y valor agregado, sufren de inmediato. He visto cafés cerrar o reducir personal por la falta de flujo de clientes.
El café colombiano tiene un potencial enorme. No solo como grano, sino como experiencia y marca país. Pero para que este potencial se traduzca en crecimiento real, necesitamos condiciones que den confianza: inversión, precios justos, apoyo al productor y reglas claras que permitan que el campo y las ciudades prosperen juntos.
Como caficultor, sigo apostando al café, porque creo en lo que hacemos y en nuestra capacidad de adaptarnos. Pero las cifras son claras: si los sectores productivos no se reactivan y solo el gasto público sostiene la economía, será difícil que todos los que vivimos del café y de sus derivados tengamos un futuro sólido. Es hora de escuchar estas señales y actuar antes de que el debilitamiento estructural se convierta en crisis
