El café no es ideología, es institucionalidad.
En el café colombiano hay algo que no se puede improvisar: la historia.
Sin embargo, en los últimos días he escuchado discursos que pretenden presentarse como revelaciones, como si la caficultura fuera un terreno virgen y no el resultado de casi cien años de construcción institucional.
Resulta llamativo que quienes hoy cuestionan el modelo cafetero hablen como si acabaran de descubrir el sector. Desde la tribuna pública se propone “reinventar” la comercialización, “democratizar” el Fondo Nacional del Café y “liberar” al productor de los mercados internacionales. El problema no es debatir: el problema es hacerlo sin reconocer la complejidad de lo que se critica.
No es un dato menor que quien lidera hoy la Agencia de Desarrollo Rural provenga del escenario político del paro agrario y haya construido su capital simbólico cuestionando la institucionalidad existente. Su paso por el Congreso y su llegada al Gobierno no lo convierten en experto cafetero, pero sí en actor político con agenda.
Y cuando la política entra al café sin entenderlo, el riesgo no es la crítica, sino la simplificación.
Mientras se promete saltarse la Bolsa de Nueva York como si fuera un trámite administrativo, se omite que el precio del café es un sistema global donde participan más de 50 países productores. Pretender reemplazarlo con acuerdos bilaterales sin explicar quién asume el riesgo cambiario, logístico, financiero y reputacional no es una propuesta: es un salto al vacío.
Se cuestiona el Fondo Nacional del Café, pero se olvida que es una cuenta parafiscal creada por los propios caficultores para financiar bienes públicos que ningún gobierno ha querido asumir plenamente: investigación, extensión, infraestructura, promoción internacional y garantía de compra.
Paradójicamente, quienes hoy critican el FoNC olvidan que el Estado colombiano participa en su gobernanza a través del Comité Nacional de Cafeteros, junto con representantes gremiales elegidos democráticamente por los productores. Es decir, el modelo no es excluyente: es corresponsable.
Pero hay algo que se dice poco: la Federación Nacional de Cafeteros no es una élite ni una estructura ajena al productor. Es, en esencia, una asociación de caficultores que durante casi cien años ha construido, paso a paso, un sistema para mejorar la productividad, impulsar el mejoramiento constante de variedades y difundir las mejores prácticas de cultivo.
Es también una organización que ha construido un patrimonio colectivo para defender los intereses de los productores en el mercado, evitando que queden a merced de intermediarios y especuladores.
Querer desbaratar ese entramado sin comprenderlo se parece demasiado a los niños que, por la simple curiosidad de saber qué hay dentro, desarman el radio del padre… y luego descubren que no saben cómo volver a armarlo.
También se habla de “desinformación institucional” desde voces que conocen el sistema desde adentro. Resulta curioso que algunos líderes cafeteros, con trayectoria en organizaciones y movimientos gremiales, adopten un tono apocalíptico justo cuando el debate adquiere tinte político. No es la primera vez que ocurre: cada vez que el sector se convierte en escenario de disputa ideológica, aparecen diagnósticos radicales y soluciones mágicas.
En el Huila, los hechos contradicen el relato.
El departamento es hoy el primer productor de café de Colombia, líder en calidad y referencia internacional de cafés especiales. Este resultado no es espontáneo: es fruto del trabajo del Comité de Cafeteros, del Servicio de Extensión y de Cenicafé, que ha desarrollado variedades resistentes, modelos productivos sostenibles y estrategias de calidad.
Mientras se acusa a la institucionalidad de abandono, proyectos de sostenibilidad y reforestación han fortalecido la caficultura huilense, con iniciativas de café libre de deforestación, agroforestería, conservación de cuencas y alianzas con empresas internacionales como Tim Hortons y otras marcas globales que exigen trazabilidad, calidad y sostenibilidad real, no discursos.
También se cuestiona la asistencia técnica desde voces locales que, paradójicamente, han participado del mismo sistema que hoy critican. Decir que el Servicio de Extensión discrimina a productores por variedades o modelos productivos no resiste el contraste con la realidad territorial: miles de caficultores huilenses han sido acompañados sin distinción, porque la misión del gremio no es ideológica, sino productiva.
Y cuando se habla del pasivo de la flota mercante o de la infraestructura logística, conviene decirlo sin eufemismos: esa es una responsabilidad histórica del Estado, no del caficultor. Pretender trasladar esas cargas al Fondo Nacional del Café es confundir deliberadamente los roles entre política pública y contribución gremial.
Finalmente, sorprende que se convoque a la unidad del sector desde discursos que fragmentan la institucionalidad. Porque la verdadera unidad no se construye desacreditando a quienes han sostenido el sistema, sino reconociendo que sin la Federación Nacional de Cafeteros, sin los comités departamentales y sin el FoNC, el café colombiano no sería símbolo de calidad, ni motor económico, ni identidad nacional.
El café no se inventó ayer.
Y quienes hoy hablan de refundarlo deberían recordar que las transformaciones serias no nacen del ruido político, sino del conocimiento profundo de lo que se pretende cambiar.
En el café, como en la historia, lo verdaderamente peligroso no es el debate.
Es la arrogancia de creer que se puede destruir un siglo de institucionalidad con la ligereza de un discurso.
