Una mujer fuerte sin edad para morirse
11 de abril 2026 - 04:00
Hoy los teclazos son tañidos pausados que piden un silencio quieto, provocan una pena honda y obligan a echar la vista al retrovisor para evocar tantos encuentros, alguna discrepancia y todos esos motivos naturales que unen a los nacidos el mismo año, residentes en la misma zona y con los hijos de las mismas edades. Hoy el ánimo queda arriado a media asta al pasar por las mismas calles en las que tantas veces nos saludamos, dimos un repaso breve a la actualidad o comentamos la última ocurrencia de los niños. Hoy no sabemos cómo explicar que se haya muerto una andaluza del 74. Olga Carrión hubiera cumplido 52 años el próximo 12 de mayo. Madre, vecina, hija de un veterano devoto de Jesús Nazareno, alumna de Geografía e Historia en las aulas de la antigua Fábrica de Tabacos, en aquellos años en que tantos compartíamos las noches de los jueves en los mismos bares que Alberto y Ascensión. En sus últimos años ha ejercido de directora del Instituto Andaluz de la Mujer con criterios tan claros y contundentes como alejados de posiciones sectarias. Carrión tenía carácter y sabía sonreír, tenía genio y sabía disfrutar, trabajaba mucho y le encantaban las fiestas de su tierra. Su manera de enfrentarse con la enfermedad constituye una escuela. Ni una queja, ni una pena, ni una muestra de tristeza. Pareciera haber tenido la actitud del Jesús Nazareno al que su padre adoró, el que se nos presenta abrazado a la cruz en un gesto de dulzura. Hoy importan poco todos los asuntos del orden del día de la vida cotidiana, ni con que última hora abre el telediario.
Hoy recordamos a Olga tirando de los niños a primera hora de la mañana, en alguna tertulia con su amigo Pedro Molina, de ruta por las carreteras de Andalucía camino de sus actos y reuniones, ilusionada en una tarde de cabalgata, metida en una bulla de Semana Santa o arrimando el hombro en las campañas electorales o en los congresos de un partido al que sirvió con el alma. Hoy damos vueltas sin rumbo por los laberintos de la memoria con tal de no mirar de frente a una realidad que derriba esas supuestas certezas en las que nos apoyamos, ay, para superar cada amanecida; destroza esa expectativa de morir tarde y tumba la absurda presunción de que todo el mundo llega a viejo. 51 años no es edad para morirse, pero ha ocurrido. Hoy solo cabe un silencio, acaso adornado con una sonrisa esbozada. Olga vivió con compromiso y alegría. Murió con el equilibrio de las personas fuertes. La gente joven también se muere. Tengan la piedad de rezar por ella y por sus hijos. Ella sigue viva en el recuerdo y en las oraciones de los buenos amigos que tuvo, porque cultivó el jardín de la amistad y disfrutó de sus selectas flores. Hoy es difícil entender la enseñanza de aquel cardenal de Sevilla: “Dios llega siempre puntual”. Solo cabe mantener el ánimo en calma y ese silencio reafirmado por el bisbiseo de una oración.
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