Última esperanza
Esta semana el aire frío de Pamplona ha removido mis recuerdos del fin del mundo donde el sol se apaga. Los árboles desnudos, las nubes cargadas de frialdad que exprimen el cielo, esa sensación de que el mundo empieza a congelarse mientras suena un concierto de trinos de bellas voces de aves gorjeando. Caminaba por Puerto Natales, provincia de Última Esperanza al sur del sur, en Chile. Los nombres de esos lugares tienen que ver con las situaciones extremas que viven: Seno Obstrucción, Porvenir, Última Esperanza, Puerto del Hambre. El viento, el frío, han empujado a lo largo de los siglos a los seres humanos o a la desesperación o a un nuevo comienzo. La imaginación y el delirio llevaron a esas tierras a aventureros, exploradores, renegados que han sembrado esos lugares, esas pampas, o de fracasos o de resurrecciones. “Sólo está la Patagonia para mi inmensa tristeza”, escribió el francés Blaise Cendrans.
Todo allí es lejanía. Pero también proximidad, presencia. Todo lo que sobra, lo que pesa en las mochilas de las personas se debe abandonar, no sirve. Solo lo esencial sirve. La fisonomía de esos paisajes es una invitación a la desnudez y al despojo absoluto. Recuerdo que me llamó la atención que muchos turistas, muy de estos tiempos tan delirantes y urgentes, no tenían una relación contemplativa con el paisaje. Les costaba entender la interpelación metafísica que este puñado de tierra hace todos los días. Solo los poetas han respondido esas preguntas que las montañas, los ríos, las nieves eternas y el viento no nos dejan de hacer en estas aldeas del fin del mundo, y que solo algunos excepcionales han traducido correcta y genuinamente. La naturaleza nos debiera hacernos callar y aprender a contemplar de nuevo. A emocionarnos, a asombrarnos desapareciendo, haciéndonos invisibles, para no caer en la tentación de interponernos con pirotecnia, con piruetas innecesarias o genialidades sugeridas por la IA.
Tal vez aprender a mirar por primera vez esa belleza del mundo y convertirnos en simples mediadores de ella, tan sola, tan inocente. Un rito saludable. La innovación tiene más que ver con mirar mejor que con tener más ideas. Y cada vez más nos cuesta mirar con sencillez y vibrar con lo sencillo. Vibrar y admirar. Estamos embobados con demasiadas presentaciones de PowerPoint. En todo caso, el cambio no comienza con trompetas, se empieza con buenas preguntas sin fanfarrias. Preguntas que nos ofrezcan la última esperanza. Pero tened cuidado con los prestidigitadores del cambio. Esos que acumulan en sus currículums muchos seminarios sobre liderazgo de Marvel, el de los superpoderes. Coleccionan cursos, MBA´s, teams building y tienen sobre sus mesillas todos los manuales disponibles, pero cada semana repiten las mismas fórmulas como papagayos. No cambian ni una coma. Son profesionales que tienen las esperanzas un poco desdibujadas. Sostengo que la humildad no se enseña en charlas, en cursos o en las escuelas de negocio, se practica.
Pienso que el único auténtico vector de un cambio esperanzador son las personas en transición permanente. Aquí está la clave, en las personas. Una empresa no es un organigrama ni una red de procesos. Las compañías son ecosistemas de personas, no de jerarquías. Y su potencia más valiosa es la confianza. Una empresa es una comunidad de personas que navegan de un propósito a un legado. La cuenta de resultados puede sostener estructuras, pero solo las personas sostienen la razón de ser de cada proyecto. Son los profesionales los que crean esperanza, confianza, riqueza, empleo, cultura y futuro. Que ayudan a crear una sociedad más justa, más innovadora, humana y mejor. Una empresa son personas, no procesos. Por eso hay que entender que mandar es fácil, influir es difícil y que inspirar es prácticamente un ejercicio épico. Por eso la inteligencia artificial gestionará datos, pero jamás comprenderá el sentido último del propósito, de nuestras trayectorias, el significado de una mirada, el peso de una decisión o la comprensión, ante el error o incluso el fracaso.
¿Y cuál es nuestra Última Esperanza? ¿Y si alguno de estos días nos silenciamos, nos apagamos un momento, también nuestros ordenadores, dejamos de contestar los mensajes interminables que nos llegan a través del WhatsApp, guardamos el móvil al fondo del armario escondido entre los abrigos, y nos regalamos algo así como unas vacaciones de tiempos muertos, de horas vacías de información?
¿Y si nos hacemos invisibles a todos los que nos buscan, nos interpelan, nos ofrecen, nos controlan, nos roban los valiosos minutos de silencio y vacío que son el auténtico ecosistema de eso que alguna vez se llamó “ser” o interioridad o alma?
¿Qué sucedería al cabo de varias horas y días de desconexión digital total? ¿Reaccionaríamos como un adicto al que le han quitado la droga o nos conquistaría un regocijo al vagar de cara al viento, sin prisa y sin pauta?
Eso es lo que necesitamos, una bocanada de aire fresco, una epifanía de tranquilidad y de serenidad nos atracaría en cualquier esquina de manera imprevista. Se apagarán nuestras redes, nuestros contactos, nuestra vida urgente y compleja, pero se encendería otra vez la vida, nuestra vida en la tierra. Eso que Homero llamó por primera vez naturaleza. Yo la llamo nuestra Última Esperanza.
Roberto Cabezas Ríos, HR Influencers in Spain 2025, Expert in Higher Education Management, Universidad de Navarra.
