La carambola rusa
En EEUU calculan que cada día de guerra contra Irán le cuesta a su gobierno más de 1.000 millones de dólares y se preguntan cuánto tiempo podrán sostener semejante sangría económica. Los paraísos fiscales y las ciudades del lujo desbordado del mundo árabe están viendo cómo se pone en peligro el cuento de hadas con el que atraen a millonarios del mundo a invertir y gastar en sus urbanizaciones futuristas. En Irán, en los territorios palestinos y en el Líbano, la gente muere en bombardeos cada día. Los ciudadanos de casi todo el mundo miran asustados al contador de la gasolina o esperan con pánico a la factura del gas, mientras las noticias hablan de subidas de tantos por ciento imposibles de meter en un presupuesto. En Moscú, Putin hace cuentas para calcular cuánto va a ganar con los negocios que se le abren gracias a la guerra que ha iniciado Trump de la mano de Netanyahu.
Debido a las sanciones internacionales por la invasión de Ucrania, Rusia tenía cerrado el comercio del petróleo y el gas desde hace años. Pero ahora que con esta guerra el paso de los petroleros provenientes del Golfo Pérsico ha quedado cortado, Trump ha anunciado que “da permiso” a Putin para vender su crudo a India para evitar una subida incontrolada del precio. De esta manera, el presidente ruso, que apoya abiertamente a Irán, celebra la elección del sucesor del ayatolá Jamenei y, según diversas fuentes, está pasando información a los iraníes sobre la posición de los objetivos estadounidenses para que puedan dirigir con más precisión sus misiles, se ha llevado un premio de la Casa Blanca en forma de negocios millonarios. Y como no le basta que le den la mano, sino que prefiere coger el brazo entero, acaba de anunciar que de acuerdo con las “nuevas oportunidades” va a hacer contratos a largo plazo para redirigir el gas de Europa a Asia, incluyendo India, Tailandia, Filipinas y China. Para ello, afirma, no va a esperar a que la UE tome cartas en el asunto.
Putin también se beneficia estratégicamente, porque las fuerzas militares europeas tienen que acudir en defensa de Chipre y Turquía, ante los ataques que ha lanzado Irán, lo cual debilita la protección de Ucrania. Mientras tanto, Ucrania está prestando ayuda a EEUU y a los países árabes que se lo han pedido, porque llevan años enfrentándose a drones iraníes que utilizan los rusos. Para defenderse, han desarrollado un sistema eficaz y de bajo coste, de eficacia probada en el campo de batalla. Zelenski ya avisó en la Asamblea General de la ONU de 2025 que no se podía seguir haciendo la guerra con misiles que costaban millones de dólares contra drones que se fabricaban por pocos miles. Las perspectivas que dibujó son aterradoras: esos vehículos operados por control remoto, tienen cada vez más autonomía y llegan más lejos. La incorporación de la inteligencia artificial apunta a un futuro de armamento que podría activarse sin intervención humana, incluso con drones portadores de cargas nucleares.
Ese futuro ya está aquí. La semana pasada la firma de inteligencia artificial Anthropic se negó a que el Pentágono utilizara su tecnología para armamento que se activase sin intervención humana y para la vigilancia indiscriminada de los ciudadanos, por razones éticas. La reacción de Trump fue declarar formalmente a la empresa “amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos”, una categoría reservada a países y organizaciones extranjeras enemigas. Y todo por una cuestión de conciencia: intentar impedir la guerra incontrolada dirigida por los robots.
Olga Brajnovic es periodista
